Sin embargo, no le pareció nada fácil desenredar el lío de ideas que se había formado en su cabeza y pensó que quizá se le aclarasen las cosas si se ponía a dar vueltas por la sala (las brujas también estaban nerviosas y hacían planes por su cuenta con ojos fijos en las tapas del Gran Libro). La frustración se apoderó de Eduardo porque le daba la sensación de que a pesar de haber desayunado bien, ninguno de los planes que se iban revelando poco a poco en su mente parecía suficientemente eficaz. Además su furtiva incursión en la biblioteca no le había desvelado ninguna forma para acabar con las brujas. Desesperado decidió preguntarlas a ellas.
- Pero ¿ustedes son todopoderosas, no es así?- de pronto un profundo silencio reinó en la sala. Eduardo sintió las miradas de las brujas clavadas en él y se sintió un poquito molesto (no era una sensación muy agradable, imagínate); pero a pesar de eso siguió adelante- Se supone que con un poco de magia pueden acabar con ellas ¿no?
Mariángeles tomó la palabra de nuevo y a Eduardo le pareció que le hablaba una mujer de una sabiduría infinita que le hizo sentirse de repente muy chiquitito.
- No Eduardo, no es del todo cierto eso de que somos todopoderosas. Sí que es cierto que conocemos secretos de la naturaleza de las cosas que las personas normales no se atreven a descubrir; pero nada más. Nos valemos de elementos naturales como plantas y otras sustancias diversas para hacer magia. Sólo algunas son capaces de prescindir de estos “ingredientes” y usar la mente para embrujar. En nuestro caso contamos con Margarita, que ya ves, te lanzó el embrujo Tragapalabras para evitar que nos delataras. Mientras lo llevaras no podrías decirle a nadie nada acerca de nosotras. Por supuesto, ningún profesor conoce nuestro secreto.
- Entonces, ¿qué podemos hacer?- preguntó Eduardo algo ansioso.
- Mmmmmmm. Creo que con distraerlas será suficiente. Precisamente el clan al que nos enfrentamos no se caracteriza por poseer una gran inteligencia. Debemos ganar tiempo para volver al Origen y destruir el Libro. “Sólo donde han empezado las cosas pueden terminar”. En cualquier caso, evitaremos por todos los medios una lucha sin final entre nosotras. Ya sabéis que una bruja se enzarzará en un enfrentamiento con otra y no serán capaces de destruirse; aunque sean de clanes distintos, porque siempre serán hermanas y descendientes de las Primeras. Así son las reglas que regulan la vida de las brujas. Sin embargo, nada le impide a cualquier otra criatura acabar con una bruja o por lo menos darle un susto de muerte. Sólo hay que saber cómo.
Sólo una palabra de todas las que pronunció la bruja líder había empujado a Eduardo a un torbellino de ideas: FUEGO.
- Rosana, Margarita, Elena, Lola, Raimun y Europa. Os quedaréis aquí con los niños- ordenó la bruja Mariángeles. Eduardo se quedó impresionado con el nombre de la madre de Manuel ya que siempre la había conocido como la madre de Manuel- Victoria y yo volaremos hasta el Origen en la mítica Stonehenge y destruiremos el Libro. Por cada veneno existe un antídoto; así mismo por cada encantamiento hay un contrahechizo. Si todo sale bien a medianoche nuestra posibilidad de ser seres inmortales y eternamente jóvenes habrá desaparecido y quién sabe si nuestros poderes quedarán mermados por efecto del eclipse. Suerte Hermanas, suerte Eduardo.
Tras aquellas palabras las dos brujas, la directora y la profesora de historia, desaparecieron. Las demás se pusieron manos a la obra: Elena y Lola fueron a por los profesores. No los mantendrían muy lejos por si necesitaban su ayuda en algún momento y Europa llamaría a los padres de los alumnos para decirles que sus hijos llegarían más tarde a casa porque iban a preparar una fiesta conmemorativa en el colegio que se prolongaría hasta por la noche. Margarita se subiría a la azotea para otear el horizonte y lanzar algún embrujo con la mente que retuviera a las invasoras, Raimun prepararía las pociones necesarias y Rosana acompañaría a Eduardo que no dudó ni un segundo y marchó corriendo hacia la biblioteca. Una vez allí, nuestro amigo cogió la guía de teléfonos y en la p encontró “PIROTÉCNICOS EXPLOSIVOS PARA FIESTAS Y OTROS EVENTOS” y le pidió a Rosana que hiciera un encargo bastante generoso y lo pagara con dinero del colegio.
Mientras tanto, (no había tiempo que perder) Eduardo se dirigió al patio y al ver que el sol se estaba poniendo en la fina línea del horizonte, esbozó una sonrisa de alivio y presionó la alarma de incendios. En seguida, el murmullo de cientos de pasos agitados y de gritos histéricos se fue acercando más y más hacia donde el chico se encontraba. Una vez todos se situaron alrededor de él, Eduardo tomó la palabra con el altavoz que le había proporcionado Raimun del profesor de gimnasia.
- Compañeros y compañeras, soy el encargado de anunciaros la visita sorpresa de cinco inspectoras que dicen que vienen a ver el estado del colegio y a medir el nivel de nuestras capacidades y métodos de estudio; pero en realidad su objetivo es cerrar y destruir este colegio para construir una nueva carretera. La directora me ha pedido que les hagamos una bienvenida muy especial que no puedan olvidar fácilmente, vosotros ya me entendéis.
Cuando Eduardo llegó a la parte de los fuegos artificiales los niños saltaron de alegría y armaron un bullicio tal que llegó hasta los finos oídos de las brujas del Clan de la Búsqueda Incesante que en ese momento surcaban los cielos con impaciencia olfateando el aire siguiendo el rastro del Libro. Pero no sabían la sorpresa que les tenían preparada los niños y niñas del colegio y las brujas del Clan del Libro que lo protegían. Entre aquella algarabía Manuel, el mejor amigo de Eduardo, se abrió paso y al llegar hasta donde se encontraba su amigo con cara de arrepentimiento le dijo:
- Sé que no me he portado como un amigo de verdad pero creo que sabes qué es lo que me hizo actuar así, ¿me equivoco?
- Tranqui, Manu. Sé que lo hiciste para proteger a tu madre; aunque después de esto ¿qué haréis?- le preguntó preocupado a Manuel, deseando con todas sus fuerzas que Manu no se fuera nunca a pesar de todo.
- ¿Quién sabe? ¿Amigos?
- Sin dudarlo un momento. Amigos para siempre.
El abrazo entre los dos amigos quedó interrumpido por una tosecilla algo tímida. ¡Qué sorpresa se llevó Eduardo al ver a Tania, la chica más guapa del colegio pero también la más dura de conquistar! Ésta les dio un beso en la mejilla a los dos y le pidió a Eduardo que fuera con ella a la fiesta de fin de curso. Eduardo no cabía en sí de felicidad.
- ¿Son brujas, verdad?- la incisiva pregunta de Tania pedía la verdad por toda respuesta y Eduardo asintió con la cabeza. – ¿Lo saben los demás?- Eduardo volvió alzó los hombros en gesto de duda y luego dijo:
- Si no lo sospechan todavía, pronto lo descubrirán.
- Por cierto, Edu, Mario acepta la apuesta y a pesar de que le toca cargar con los deberes y de que se ha quedado sin pareja para el baile, se lo está pasando en grande.
Eduardo no sabía qué decir, le parecía tan lejana aquella apuesta con la que todo había empezado… Pero después de aquello, tenía energía de sobra para seguir adelante con el plan.
__________________________________________________
A eso de las ocho de la tarde, desde sus escondites, Eduardo y sus amigos observaron cómo lentamente iba cerniéndose sobre ellos la oscuridad más absoluta debida al eclipse provocado por las brujas del Clan del Libro. De entre las sombras surgió una risa malévola.
- ¡Ja, ja, ja! Veo la suerte de nuestro lado hermanas- dijo al otro lado de la puerta del patio del colegio y a considerable altura del suelo una voz herrumbrosa y estridente.- ¡Por fin tendremos el libro y nos haremos inmortales!
Unas risas agudas rompieron el silencio del colegio que parecía abandonado y solitario y las brujas trataron de llegar al patio sobrevolando la verja, pero las risas fueron sustituídas por quejidos ya que las brujas habían comprobado que un hechizo escudo les estaba bloqueando el paso. Una de ellas, la de la voz cantante, decidió aterrizar y derrumbar la puerta principal a la manera tradicional, con un simple hechizo bomba. Inmediatamente después de que la puerta que daba al patio hiciera ¡CATAPÚN! y las brujas pusieran un pie en el colegio; éste pareció cobrar vida por sí solo. Las luces se encendieron de pronto, por los altavoces sonó a todo volumen rock and roll (un estilo musical que las brujas odiaban con todas sus fuerzas), los objetos cobraron vida gracias a un ungüento que había preparado Raimun y una lluvia de pelotas y cuerdas del gimnasio las acorraló en el centro del patio. ¡Pobres brujas estaban asustadísimas! Pero se lo tenían merecido por querer acabar con todos los niños. Entonces a la orden de Eduardo, los niños y niñas que estaban en la azotea del colegio encendieron los fuegos artificiales de todas las formas y colores posibles (había uno con forma de dragón –un animal fantástico al que las brujas tenían verdadero pavor-, otro con forma de serpiente, otro parecía un murciélago, otro era parecido a un chupachups de fresa y menta, otro se deshizo en decenas de pajarillos de fuego con picos puntiagudos...). Éstos se elevaron hacia la Estrella Polar y por orden de la bruja Margarita se unieron y cayeron en picado hacia donde estaban las brujas. A ellos se les unieron Rosana y los niños y niñas que estaban camuflados gracias a otra pócima de Raimun. Las brujas del Clan de la Búsqueda Incesante salieron despavoridas al ver lo que se les echaba encima. Cogieron sus escobas y huyeron antes de que el dragón de fuego se las tragara; aunque Rosana, Raimun y Margarita les pisaban los talones lanzándoles hechizos verrugosos o de cabeza de calabaza o de cola de ratón o de cara de puerco y obligándolas a abandonar aquellas tierras para siempre. La persecución no duró mucho tiempo puesto que a eso de las doce de la noche (¡hay que ver lo rápido que había pasado el tiempo!, pensó Eduardo. Tal vez se debiera a un conjuro de tiempo acelerado de la lista bruja Margarita), el viento dejó de soplar. Las brujas malas ya no tenían rumbo al que dirigirse y no podían olfatear el Libro porque... ¡Había sido destruído por Mariángeles y Victoria! Llenas de rabia volaron raudas y veloces hacia un escondite seguro en el que tratar de llevar a cabo la resurrección de una de las Primeras que les volviera a dar la receta de la eterna juventud aunque dudo mucho que lo lograran ¿y tú?
Se trata de la digitalización del cuento infantil "Eduardo Tragapalabras" escrito por Ana Teresa Calvo Marco, para hacerlo accesible a todo aquel que lo quiera leer. Recomendado para niños de 8 años en adelante.
domingo, 18 de septiembre de 2011
Eduardo Tragapalabras. Capítulo 8. "Las brujas del Clan del Libro".
Pero estaba tratando a Eduardo como si de una bruja más se tratara y él era perfectamente consciente de que no era así. No era una bruja y nunca lo sería. Así que reunió fuerzas y cerró el libro con un tremendo estruendo.
Con el corazón aún en un puño trató de averiguar cómo demonios iba a trasladar aquella monstruosidad de libro por el colegio y que pasara desapercibido. Le pareció una hazaña imposible. Así que tendría que arreglárselas para atraer hacia aquel lugar a alguien que pudiera creerle.
A unos pocos kilómetros de allí un grupo de mujeres feas y gordas se puso en movimiento, rumbo al colegio de Eduardo. Al fin podrían llegar al Gran Libro. A pesar de que había permanecido en secreto durante siglos, las brujas habían desarrollado un gran olfato para llegar hasta él y con cada cambio de viento recuperaban o perdían el rastro. Por eso su búsqueda estaba íntimamente ligada al tiempo. Pero estoy segura de que te estás preguntando en estos instantes algo así como: ¿pero de dónde salió ese libro? Pues mira, te voy a contar la historia del bien llamado Gran Libro.
Hace miles de miles de años, un grupo de mujeres llamadas Las Primeras, conocedoras de los secretos insondables de la naturaleza, se aislaron del resto de la civilización y en secreto, lograron perfeccionar muchas de las pócimas que ellas mismas habían inventado, entre las que destacaba una que ansiaban por encima de todo: la de la eterna juventud. Pero para ponerla en práctica tenían que utilizar niños, los seres más inocentes y frágiles de la tierra en cuyas pequeñas manitas está el futuro del mundo, y eso las llevó a su perdición. Fueron perseguidas durante mucho tiempo y las que se mantuvieron a salvo decidieron escribir la receta y esconderla en un lugar seguro para que algún día sus sucesoras pudieran realizarla al fin y así alcanzar la inmortalidad y darle su merecido a aquellos que las habían perseguido. Pero entre sus propias descendientes surgieron clanes que se negaron a alcanzar la inmortalidad con ese fin tan despiadado, y se opusieron a que ese Libro acabara en manos de brujas malvadas. Por ese motivo, las opositoras robaron el Libro pero no lo pudieron destruir porque estaba bañado en sangre de niños raptados antes de que las atrocidades de las brujas fueran descubiertas. Así que optaron por custodiarlo y luchar con sus vidas si era necesario para que las fervientes seguidoras de las Primeras no lo tuvieran en su poder. Como las persecuciones nunca cesaron ni para unas ni para otras, el Libro cambiaba de lugar cada dos por tres y así se ha mantenido hasta hoy. Su último refugio: el interior de un pequeño colegio, y sus guardianas y por tanto protectoras de los niños: El Clan del Libro, brujas disfrazadas de profesoras, directoras e incluso guapas bibliotecarias.
Pero claro, Eduardo no sabía nada de esto, aunque no tardaría mucho en descubrirlo, y cuando oyó el eco de unos pasos que se apresuraban hacia aquella sala el corazón volvió a ponérsele a cien. Buscó un escondite pero en aquella sala circular era imposible hallarlo. Las pisadas sonaban cada vez más cerca. Eduardo confió en su capacidad de camuflaje en las sombras y se quedó en la zona más alejada de la entrada para evitar que la luz del exterior pudiera delatarle. Se apretujó contra la pared y sintió una humedad pegajosa que le trepaba por el cuerpo como si fuese una enredadera invisible. Cuando las voces de Rosana, la bibliotecaria, y de la directora Mariángeles inundaron la sala, Eduardo no supo cómo reaccionar. ¿Qué estaba pasando allí? Nuestro protagonista aguzó el oído para no perderse ninguna palabra de la conversación.
- Hermana, ha cambiado la dirección del viento y nos han descubierto. El Clan de la Búsqueda Incesante ya está aquí- la voz de la directora sonaba extremadamente preocupada. Tanto que a Eduardo le dio pena y le entraron unas ganas tremendas de ayudarla. ¡y eso que era la directora! Pero lo que dejó mosca a Eduardo era eso de “hermana”.
- ¿Y qué podemos hacer? ¿Escapar como hemos estado haciendo hasta ahora? No, hermana, estoy cansada- la dulce voz de Rosana también sonaba preocupada y algo desesperada.
- ¿Y qué propones?
- Ninguna de las soluciones que se plantean en mi mente me resulta satisfactoria pero me niego a seguir huyendo.
- Por lo que veo, has encontrado un motivo para quedarte en este colegio- en la voz de la directora había ternura.
- Sí. Quiero a esos niños. Son mi vida y sé que mi destino es luchar por ellos, porque sigan viviendo; aunque eso suponga deshacerme de mis poderes para siempre o incluso la muerte- ahora la voz de Rosana no parecía para nada asustada sino decidida.
- Pero hemos de contar con las demás. Todo nuestro Clan está en juego y el futuro de los niños humanos también. No es una decisión que se pueda tomar a la ligera.
- Sí, pero no nos queda mucho tiempo. Ya están en camino.
- Convocaré a las demás.
Eduardo sentía que no podría aguantar mucho más tiempo en aquella posición tan incómoda. Además había empezado a sudar hacía tiempo y cuando la entrada a la sala se abrió por segunda vez dejando entrar una fría ráfaga de aire, no pudo reprimir los estornudos por mucho tiempo. Aunque sí lo suficiente para ver por el rabillo del ojo a una cantidad no despreciable de mujeres a las que evidentemente conocía por ser profesoras del colegio o estar relacionadas de algún modo con éste. Allí estaban a parte de Rosana y Mariángeles, las maestras de los parvulitos, Elena y Lola, la profesora de historia, Victoria se llamaba, la temible señora de la limpieza, Raimunda, y ¡la bruja Margarita! Eduardo se impacientó porque había cosas que se le escapaban en aquel turbio asunto. Pero todas aquellas preocupaciones parecieron disiparse al ver que la madre de su mejor amigo, Manuel, estaba en el grupo. ¿Se podía saber por qué estaba allí como si nada? La voz de la directora, que además parecía ser la jefa de aquel cotarro, se elevó solemnemente rebotando en las paredes de la sala haciendo que éstas temblasen.
- Hermanas, ha llegado la hora. Las brujas del Clan de la Búsqueda Incesante vienen a por el Libro. En nuestras manos está el huir o combatir. Podemos someter la decisión a votación a mano alzada, pero antes de nada me gustaría saber tu opinión, Margarita.
¿Cómo podían confiar aquellas mujeres confiar en la bruja de Margarita? Eduardo ya tenía respuesta para eso y es que un buen desayuno fortalece las neuronas. Desde el momento en que habían entrado la bibliotecaria y la directora en la sala del siniestro libro de brujería Eduardo había atado cabos y llegado a buenas conclusiones. Aquel grupo de mujeres protegía al Libro que contenía el secreto de la Inmortalidad y otro grupo venía derechito a por él y las consecuencias serían terribles para todos los niños. ¿Acabarían todos dentro de una hirviente olla rodeados por feísimas brujas de incompletas dentaduras? A Eduardo no le hacía ni pizca de gracia pero como sabes los estornudos te suelen pillar desprevenido y a menudo deciden aparecer cuando menos te lo esperas. Pues sí, eso le pasó a Eduardo. Un fuerte estornudo retumbó en la sala alterando a las brujas y por supuesto descubriendo la posición del chico. Rosana hizo un amago de lanzarse hacia él pero Margarita la retuvo.
Para sorpresa de Eduardo, las brujas no se lo comieron ni le lanzaron ningún embrujo de esos que duran de por vida. No. Ni siquiera uno pequeñito. Es más, a pesar de la primera reacción de Rosana (la bruja bibliotecaria a partir de ahora) las miradas de las brujas se suavizaron y les aparecieron amplias sonrisas en la cara. ¿Por qué era todo tan desconcertante?, pensó Eduardo.
- Le habías embrujado con el hechizo Tragapalabras, ¿no es así, Margarita?- preguntó la directora.
- Así es. Fue lo primero que se me ocurrió.
Eduardo oyó algunas risillas pero a él no le hacía mucha gracia sentirse manipulado como si fuera un muñeco de trapo en manos de niñas caprichosas. Y después de unas palabras raras que pronunció Margarita volvió a notar su lengua tan suelta como siempre, dispuesta a hablar de todo, incluso de las brujas.
- Supongo Eduardo- volvió a hablar la directora- que nos podemos saltar las presentaciones, puesto que como sabes no tenemos mucho tiempo. La vida de los niños no sólo de este colegio sino que de la tierra está en peligro y el destino de las brujas es incierto. Necesitamos toda la ayuda que nos puedas proporcionar si decides estar de nuestro lado. Del lado de las brujas que defendemos a todas las criaturas y que a pesar de ansiar la inmortalidad anteponemos nuestro amor a nuestro deseo.
Eduardo se había quedado mudo, aunque no había ningún encantamiento funcionando sobre él ahora. Era libre para decidir y responder a la petición de las brujas. Sabía que era difícil pero en sus planes no entraba aquello de perderse la acción; así que accedió a ayudar a las brujas del Clan del Libro.
Con el corazón aún en un puño trató de averiguar cómo demonios iba a trasladar aquella monstruosidad de libro por el colegio y que pasara desapercibido. Le pareció una hazaña imposible. Así que tendría que arreglárselas para atraer hacia aquel lugar a alguien que pudiera creerle.
A unos pocos kilómetros de allí un grupo de mujeres feas y gordas se puso en movimiento, rumbo al colegio de Eduardo. Al fin podrían llegar al Gran Libro. A pesar de que había permanecido en secreto durante siglos, las brujas habían desarrollado un gran olfato para llegar hasta él y con cada cambio de viento recuperaban o perdían el rastro. Por eso su búsqueda estaba íntimamente ligada al tiempo. Pero estoy segura de que te estás preguntando en estos instantes algo así como: ¿pero de dónde salió ese libro? Pues mira, te voy a contar la historia del bien llamado Gran Libro.
Hace miles de miles de años, un grupo de mujeres llamadas Las Primeras, conocedoras de los secretos insondables de la naturaleza, se aislaron del resto de la civilización y en secreto, lograron perfeccionar muchas de las pócimas que ellas mismas habían inventado, entre las que destacaba una que ansiaban por encima de todo: la de la eterna juventud. Pero para ponerla en práctica tenían que utilizar niños, los seres más inocentes y frágiles de la tierra en cuyas pequeñas manitas está el futuro del mundo, y eso las llevó a su perdición. Fueron perseguidas durante mucho tiempo y las que se mantuvieron a salvo decidieron escribir la receta y esconderla en un lugar seguro para que algún día sus sucesoras pudieran realizarla al fin y así alcanzar la inmortalidad y darle su merecido a aquellos que las habían perseguido. Pero entre sus propias descendientes surgieron clanes que se negaron a alcanzar la inmortalidad con ese fin tan despiadado, y se opusieron a que ese Libro acabara en manos de brujas malvadas. Por ese motivo, las opositoras robaron el Libro pero no lo pudieron destruir porque estaba bañado en sangre de niños raptados antes de que las atrocidades de las brujas fueran descubiertas. Así que optaron por custodiarlo y luchar con sus vidas si era necesario para que las fervientes seguidoras de las Primeras no lo tuvieran en su poder. Como las persecuciones nunca cesaron ni para unas ni para otras, el Libro cambiaba de lugar cada dos por tres y así se ha mantenido hasta hoy. Su último refugio: el interior de un pequeño colegio, y sus guardianas y por tanto protectoras de los niños: El Clan del Libro, brujas disfrazadas de profesoras, directoras e incluso guapas bibliotecarias.
Pero claro, Eduardo no sabía nada de esto, aunque no tardaría mucho en descubrirlo, y cuando oyó el eco de unos pasos que se apresuraban hacia aquella sala el corazón volvió a ponérsele a cien. Buscó un escondite pero en aquella sala circular era imposible hallarlo. Las pisadas sonaban cada vez más cerca. Eduardo confió en su capacidad de camuflaje en las sombras y se quedó en la zona más alejada de la entrada para evitar que la luz del exterior pudiera delatarle. Se apretujó contra la pared y sintió una humedad pegajosa que le trepaba por el cuerpo como si fuese una enredadera invisible. Cuando las voces de Rosana, la bibliotecaria, y de la directora Mariángeles inundaron la sala, Eduardo no supo cómo reaccionar. ¿Qué estaba pasando allí? Nuestro protagonista aguzó el oído para no perderse ninguna palabra de la conversación.
- Hermana, ha cambiado la dirección del viento y nos han descubierto. El Clan de la Búsqueda Incesante ya está aquí- la voz de la directora sonaba extremadamente preocupada. Tanto que a Eduardo le dio pena y le entraron unas ganas tremendas de ayudarla. ¡y eso que era la directora! Pero lo que dejó mosca a Eduardo era eso de “hermana”.
- ¿Y qué podemos hacer? ¿Escapar como hemos estado haciendo hasta ahora? No, hermana, estoy cansada- la dulce voz de Rosana también sonaba preocupada y algo desesperada.
- ¿Y qué propones?
- Ninguna de las soluciones que se plantean en mi mente me resulta satisfactoria pero me niego a seguir huyendo.
- Por lo que veo, has encontrado un motivo para quedarte en este colegio- en la voz de la directora había ternura.
- Sí. Quiero a esos niños. Son mi vida y sé que mi destino es luchar por ellos, porque sigan viviendo; aunque eso suponga deshacerme de mis poderes para siempre o incluso la muerte- ahora la voz de Rosana no parecía para nada asustada sino decidida.
- Pero hemos de contar con las demás. Todo nuestro Clan está en juego y el futuro de los niños humanos también. No es una decisión que se pueda tomar a la ligera.
- Sí, pero no nos queda mucho tiempo. Ya están en camino.
- Convocaré a las demás.
Eduardo sentía que no podría aguantar mucho más tiempo en aquella posición tan incómoda. Además había empezado a sudar hacía tiempo y cuando la entrada a la sala se abrió por segunda vez dejando entrar una fría ráfaga de aire, no pudo reprimir los estornudos por mucho tiempo. Aunque sí lo suficiente para ver por el rabillo del ojo a una cantidad no despreciable de mujeres a las que evidentemente conocía por ser profesoras del colegio o estar relacionadas de algún modo con éste. Allí estaban a parte de Rosana y Mariángeles, las maestras de los parvulitos, Elena y Lola, la profesora de historia, Victoria se llamaba, la temible señora de la limpieza, Raimunda, y ¡la bruja Margarita! Eduardo se impacientó porque había cosas que se le escapaban en aquel turbio asunto. Pero todas aquellas preocupaciones parecieron disiparse al ver que la madre de su mejor amigo, Manuel, estaba en el grupo. ¿Se podía saber por qué estaba allí como si nada? La voz de la directora, que además parecía ser la jefa de aquel cotarro, se elevó solemnemente rebotando en las paredes de la sala haciendo que éstas temblasen.
- Hermanas, ha llegado la hora. Las brujas del Clan de la Búsqueda Incesante vienen a por el Libro. En nuestras manos está el huir o combatir. Podemos someter la decisión a votación a mano alzada, pero antes de nada me gustaría saber tu opinión, Margarita.
¿Cómo podían confiar aquellas mujeres confiar en la bruja de Margarita? Eduardo ya tenía respuesta para eso y es que un buen desayuno fortalece las neuronas. Desde el momento en que habían entrado la bibliotecaria y la directora en la sala del siniestro libro de brujería Eduardo había atado cabos y llegado a buenas conclusiones. Aquel grupo de mujeres protegía al Libro que contenía el secreto de la Inmortalidad y otro grupo venía derechito a por él y las consecuencias serían terribles para todos los niños. ¿Acabarían todos dentro de una hirviente olla rodeados por feísimas brujas de incompletas dentaduras? A Eduardo no le hacía ni pizca de gracia pero como sabes los estornudos te suelen pillar desprevenido y a menudo deciden aparecer cuando menos te lo esperas. Pues sí, eso le pasó a Eduardo. Un fuerte estornudo retumbó en la sala alterando a las brujas y por supuesto descubriendo la posición del chico. Rosana hizo un amago de lanzarse hacia él pero Margarita la retuvo.
Para sorpresa de Eduardo, las brujas no se lo comieron ni le lanzaron ningún embrujo de esos que duran de por vida. No. Ni siquiera uno pequeñito. Es más, a pesar de la primera reacción de Rosana (la bruja bibliotecaria a partir de ahora) las miradas de las brujas se suavizaron y les aparecieron amplias sonrisas en la cara. ¿Por qué era todo tan desconcertante?, pensó Eduardo.
- Le habías embrujado con el hechizo Tragapalabras, ¿no es así, Margarita?- preguntó la directora.
- Así es. Fue lo primero que se me ocurrió.
Eduardo oyó algunas risillas pero a él no le hacía mucha gracia sentirse manipulado como si fuera un muñeco de trapo en manos de niñas caprichosas. Y después de unas palabras raras que pronunció Margarita volvió a notar su lengua tan suelta como siempre, dispuesta a hablar de todo, incluso de las brujas.
- Supongo Eduardo- volvió a hablar la directora- que nos podemos saltar las presentaciones, puesto que como sabes no tenemos mucho tiempo. La vida de los niños no sólo de este colegio sino que de la tierra está en peligro y el destino de las brujas es incierto. Necesitamos toda la ayuda que nos puedas proporcionar si decides estar de nuestro lado. Del lado de las brujas que defendemos a todas las criaturas y que a pesar de ansiar la inmortalidad anteponemos nuestro amor a nuestro deseo.
Eduardo se había quedado mudo, aunque no había ningún encantamiento funcionando sobre él ahora. Era libre para decidir y responder a la petición de las brujas. Sabía que era difícil pero en sus planes no entraba aquello de perderse la acción; así que accedió a ayudar a las brujas del Clan del Libro.
Eduardo Tragapalabras. Capítulo 7. "Inmortalidad y eterna juventud".
- Sacaré este libro de aquí y se lo enseñaré a todo el mundo- se dijo para sus adentros y muy decidido alargó sus brazos para coger el libro.
Puede que no creas lo que pasó a continuación, pero te puedo asegurar que es totalmente verídico.
Nada más posar sus manos en las tapas del libro escarlata, Eduardo sintió una sacudida en su cuerpo y notó cómo algo le recorría la espina dorsal hasta llegar a su cerebro donde adquirió su mayor intensidad. Eduardo era consciente de que tenía los ojos fuertemente cerrados pero le desconcertó muchísimo el hecho de que en algún lugar de su mente se estaban proyectando unas imágenes como si de una película de terror se tratara. Vio cómo unas mujeres feas y gordas con largos vestidos y sombreros puntiagudos se apiñaban alrededor de un enorme caldero que humeaba, burbujeaba y… ¿Gritaba? Eduardo estiró el cuello para ver mejor –aunque tenía los ojos fuertemente cerrados- lo que estaban cocinando aquellas mujeres y la cara de asco que puso al ver a algunos de sus compañeros de clase agitando los brazos y gritando su nombre, fue de película (allí estaban su queridísimo aunque incrédulo mejor amigo Manuel, la guapísima pero dura de pelar Tania, el tímido Pepe, la charlatana Carolina e incluso los matones Mario y Toño). ¡Se los iban a zampar aquellas brujas despiadadas! Eduardo no podía contener por más tiempo aquella frustración y empezó a gritar. Con un esfuerzo enorme, se revolvió con todas sus fuerzas como si quisiera liberarse de una fuerte soga que le oprimía el cuello sin dejarle respirar. Cuando notó que la soga empezaba a aflojarse, Eduardo abrió los ojos y respiró algo más aliviado al comprender que no se había movido de aquella extraña habitación en las entrañas del colegio y que, por lo tanto, sus amigos tampoco estaban siendo devorados en aquel momento por aquellas brujas. Con extremo cuidado, y preparado para lo que pudiera pasar, el chico abrió el libro. Para su sorpresa una voz femenina y nada agradable pareció salir de esas páginas llenas de fórmulas y palabrejas. Decía algo así:
- Bienvenidas hermanas, al fin nuestros clanes han hallado la paz y la unión necesarias como para poder realizar juntas el conjuro que nos traerá la inmortalidad y la eterna juventud…
La destrucción de los niños humanos tan deseada por toda nuestra comunidad, está a punto de llegar. Y al fin conseguiremos todo aquello por lo que hemos estado luchando desde los inicios de nuestros tiempos…
Aquello ya era suficiente. Eduardo, con tremendos temblores, intentó cerrar el libro aunque éste parecía atraerle más y más con aquellas embaucadoras palabras a pesar de la voz quejumbrosa que las pronunciaba.
Puede que no creas lo que pasó a continuación, pero te puedo asegurar que es totalmente verídico.
Nada más posar sus manos en las tapas del libro escarlata, Eduardo sintió una sacudida en su cuerpo y notó cómo algo le recorría la espina dorsal hasta llegar a su cerebro donde adquirió su mayor intensidad. Eduardo era consciente de que tenía los ojos fuertemente cerrados pero le desconcertó muchísimo el hecho de que en algún lugar de su mente se estaban proyectando unas imágenes como si de una película de terror se tratara. Vio cómo unas mujeres feas y gordas con largos vestidos y sombreros puntiagudos se apiñaban alrededor de un enorme caldero que humeaba, burbujeaba y… ¿Gritaba? Eduardo estiró el cuello para ver mejor –aunque tenía los ojos fuertemente cerrados- lo que estaban cocinando aquellas mujeres y la cara de asco que puso al ver a algunos de sus compañeros de clase agitando los brazos y gritando su nombre, fue de película (allí estaban su queridísimo aunque incrédulo mejor amigo Manuel, la guapísima pero dura de pelar Tania, el tímido Pepe, la charlatana Carolina e incluso los matones Mario y Toño). ¡Se los iban a zampar aquellas brujas despiadadas! Eduardo no podía contener por más tiempo aquella frustración y empezó a gritar. Con un esfuerzo enorme, se revolvió con todas sus fuerzas como si quisiera liberarse de una fuerte soga que le oprimía el cuello sin dejarle respirar. Cuando notó que la soga empezaba a aflojarse, Eduardo abrió los ojos y respiró algo más aliviado al comprender que no se había movido de aquella extraña habitación en las entrañas del colegio y que, por lo tanto, sus amigos tampoco estaban siendo devorados en aquel momento por aquellas brujas. Con extremo cuidado, y preparado para lo que pudiera pasar, el chico abrió el libro. Para su sorpresa una voz femenina y nada agradable pareció salir de esas páginas llenas de fórmulas y palabrejas. Decía algo así:
- Bienvenidas hermanas, al fin nuestros clanes han hallado la paz y la unión necesarias como para poder realizar juntas el conjuro que nos traerá la inmortalidad y la eterna juventud…
La destrucción de los niños humanos tan deseada por toda nuestra comunidad, está a punto de llegar. Y al fin conseguiremos todo aquello por lo que hemos estado luchando desde los inicios de nuestros tiempos…
Aquello ya era suficiente. Eduardo, con tremendos temblores, intentó cerrar el libro aunque éste parecía atraerle más y más con aquellas embaucadoras palabras a pesar de la voz quejumbrosa que las pronunciaba.
Eduardo Tragapalabras. Capítulo 6. "¡El libro!"
Esa misma noche, Eduardo no era el único que no podía pegar ojo por su encuentro con la bruja… Algo, agitaba las ramas de los árboles y no era la suave brisa de verano. De repente, el tranquilo cielo se vio surcado por cinco escobas. El Clan del Libro se acercaba a la ciudad.
- ¡¡¡Ya veo algo hermanas!!!- dijo la más gorda de las cinco brujas.
- Muy bien, Brunilda. Definitivamente eres la que se orienta mejor del grupo. Por eso te daremos el honor de ascender a rango de Brújula. ¡Ja, ja, ja, ja!
Las demás brujas se unieron a las risas y la pobre Brunilda no tuvo más remedio que aceptar aquella broma.
- Reíros todo lo que queráis. Esta vez no vais a lograr que me enfade. No, nunca más. Cada vez que me enfado me sale una nueva verruga y no lo puedo permitir.
- Bien, por ti, pero así no lograrás asustar tanto como nosotras.
- Dejadme en paz. Yo doy más miedo que todas vosotras juntas.
- No nos hagas reír y dirígete hacia esa colina de allí. Es un buen sitio para acampar. Mañana iremos en busca del Libro.
A la mañana siguiente, Eduardo no tenía muy buena cara pues no había sido capaz de dormir ni dos horas seguidas. Cuando su mamá fue a despertarlo casi se cayó del susto por ver a su hijo con esa cara; pero aún se asustó más al ver cómo Eduardo se ponía rápidamente la ropa como si nada y se apresurara a salir de casa sin siquiera desayunar.
- No puedo perder tiempo mamá. Tengo un asunto urgente que arreglar.
Los ojos de la Rosi, la Rosi del cuarto c, la hija de Maruja, sí ésa ésa misma, se abrieron como platos ante la disposición de su hijo de ir al colegio y tras un buen rato de sobreposición al shock se fue a meterle en la mochila a su hijo al menos un buen desayuno para el camino; porque sabía que Eduardo tenía que hacer un buen desayuno si quería estar atento en todas las clases. Además, entre tú y yo, a Eduardo le sería mucho más fácil combatir a la bruja Margarita si iba bien comido porque así podría pensar más rápido.
Eduardo entró como un vendaval en el autobús esperando poder hablar con su amigo Manuel. Barrió con su mirada los asientos y se llevó un buen susto al ver allí sentada e impasible a la impostora, la bruja Margarita. Se tomó su tiempo para dedicarle una mirada de desprecio y ésta se la devolvió con un amago de sonrisa de suficiencia en la cara. Entonces el chico olvidó cuál era su propósito de hablar con Manu y se buscó el asiento más alejado de la bruja para evitar que ésta le leyera el pensamiento por contacto visual. Se pasó todo el trayecto (una media hora) pensando y trazando planes. Todos le parecieron absurdos y llegó un momento en el que le parecía que le fuera a estallar la cabeza. Sin embargo, no te asustes, porque a nuestro protagonista no le estalló la cabeza ni tampoco sufrió ningún ataque por parte de la bruja.
Cuando llegaron al colegio, Eduardo y sus compañeros se dirigieron a sus respectivas clases. Eduardo vigiló a la bruja pero ésta no pareció estar preocupada por que a Eduardo se le fuera la lengua, es más, se encaminaba altiva hacia su despacho, saludando ocasionalmente a algún otro profesor. ¿Por qué nadie quería ver que era una bruja? Y lo que era peor, ¿por qué él no era capaz de articular palabra cuando se refería a ese tema? Bueno, ya solucionaría ese tema más tarde. Ahora lo importante era mantener bien vigilada a la bruja.
Eduardo se sentó con aire pensativo en su pupitre y se dispuso a seguir con su nuevo plan. Haría como que no pasa nada y durante el recreo bajaría a la biblioteca e intentaría documentarse sobre las brujas y cómo poder eliminarlas. Quizá no se necesitara más de una persona para acabar con la bruja Margarita.
Así que sacó sus libros y siguió las explicaciones mucho más atento de lo habitual, aunque también con más ganas que nunca de que llegara el recreo para quedarse solo.
El tiempo parecía transcurrir más lento de lo normal y las agujas del reloj de la clase renqueaban entre movimiento y movimiento. Eduardo trató de no perder los nervios, a pesar de que le estaba resultando muy difícil no morderse las uñas.
Después de una eterna eternidad, la alarma dio la bienvenida al recreo. Los niños apenas podían contener la emoción ante tal evento y salieron en tropel provocando un atasco en la puerta de la clase.
Eduardo aprovechó la oportunidad para dirigirse en dirección contraria a la del patio, hacia la biblioteca. En otras condiciones le habría mosqueado bastante el hecho de que Manuel ni siquiera le hubiera dirigido una mirada cómplice cuando al profesor se le había movido la dentadura postiza en un estornudo monumental, pero tenía la cabeza tan llena de posibles maneras de delatar a la bruja que ni siquiera le dio importancia.
Corrió por los pasillos y bajó las escaleras hasta toparse con la puerta de la biblioteca. Ninguno de sus amigos había bajado allí nunca, pero él sí. Y no era porque los libros le atrajeran demasiado (ya sabes que a Eduardo le gustaba mucho más eso de ser como James Bond, el detective más famoso), sino porque un día en una de sus expediciones por el colegio se encontró con aquel sitio tan abrumadora silenciosa y sobre todo con la guapa bibliotecaria que custodiaba aquellos tesoros. Eduardo pensaba que después de Tania, era la chica más guapa del colegio, incluso más que Carolina que había descendido al puesto número tres. Además, Eduardo había aprovechado alguna ocasión para hablar con ella y para su sorpresa, había averiguado que a ella también le gustaba James Bond, el detective más famoso. ¡Pues claro! ¿Cómo se le había podido escapar aquello? Rosana, la bibliotecaria detective. Quizá ella sí le creyera. Sí. Definitivamente se lo contaría a ella. Pero..., ¿y si lo tomaba como una de sus fantasías y no le hacía caso? No. Rosana era especial y seguramente le ayudaría a resolverlo, pero antes iría a por información. Buscaría entre los libros algo que le ayudara, algo que le aclarara las ideas.
Abrió decididamente la puerta de la biblioteca y allí la vislumbró, detrás de una montaña de libros. Llevaba una falda de flores con mucho vuelo que dejaba al descubierto sus piernas infinitas y una chaquetilla de algodón. Eduardo se la imaginó bailando en el jardín de su tía Teresa con el pelo alborotado y cuando quiso darse cuenta se sorprendió por notar calor en los mofletes. Para evitar que Rosana sacara conclusiones equivocadas, se escabulló entre las numerosas estanterías y los grupos de estudiantes que se apiñaban en torno a un libro en especial del que les tocaba hacer el trabajo. Cuando Eduardo llegó a lugar seguro, lo bastante lejos de las miradas ajenas como para tomarse un respiro, se apoyó contra una vieja y fea estatua de un duende leyendo –obsequio para el equipo de lectura del colegio por haber superado el récord de 1000 libros en un trimestre-. De repente, la habitación cambió por completo y nuestro Eduardo se encontró envuelto en la oscuridad más absoluta. Poco a poco sus ojos se fueron acostumbrando a las sombras aunque también ayudaba el hecho de que una serie de candelabros se fue encendiendo por arte de magia iluminando lo que parecía una sala circular de modestas dimensiones y decorada de una manera muy extraña. Eduardo no quería pasar nada por alto y aunque notaba una sensación extraña en la boca del estómago que no tenía nada que ver con que hacía unas cuantas horas que no probaba bocado, abrió los ojos como platos para guardar en su memoria aquella aventura. Además, para su futuro trabajo de espía-aventurero le vendría bien apuntar algo así en su currículo. Eduardo no dejó de mirar a su alrededor y sintió un escalofrío al ver las numerosas telarañas que caían de las paredes, además de los calderos de diversos tamaños que se apilaban en un rincón junto a las escobas que reposaban contra la negruzca pared. Pero lo que más le llamó la atención se encontraba en el centro de la sala. Un impresionante atril bañado en oro sostenía el inmensurable peso de un libro enorme que seguramente, pensó Eduardo, necesitaba más de dos personas para poder abrirlo por la primera página. El chico entrecerró los ojos para evitar que el resplandor que parecía provenir del libraco le hiriera la retina; pero no los cerró del todo porque había algo en aquel objeto que le cautivaba y le obligaba a seguir mirando. Eduardo alargó el cuello para ver algo mejor, pero al cerciorarse de que estaba solo en aquella habitación, decidió acercarse al atril de oro. Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para advertir todos y cada uno de los detalles de la cubierta del libro, su corazón se desbocó y empezó a respirar entrecortadamente. Aquél no era un libro cualquiera. Escondía un secreto y Eduardo, que como sabes no era tonto, ya había unido las ideas que bullían en su cabeza para llegar a la acertada conclusión de que todo eso tenía que ver con la bruja Margarita. Pero ¿cómo podía delatarla sin parecer un loco? ¡Pues claro!, pensó Eduardo, ¡El libro!
- ¡¡¡Ya veo algo hermanas!!!- dijo la más gorda de las cinco brujas.
- Muy bien, Brunilda. Definitivamente eres la que se orienta mejor del grupo. Por eso te daremos el honor de ascender a rango de Brújula. ¡Ja, ja, ja, ja!
Las demás brujas se unieron a las risas y la pobre Brunilda no tuvo más remedio que aceptar aquella broma.
- Reíros todo lo que queráis. Esta vez no vais a lograr que me enfade. No, nunca más. Cada vez que me enfado me sale una nueva verruga y no lo puedo permitir.
- Bien, por ti, pero así no lograrás asustar tanto como nosotras.
- Dejadme en paz. Yo doy más miedo que todas vosotras juntas.
- No nos hagas reír y dirígete hacia esa colina de allí. Es un buen sitio para acampar. Mañana iremos en busca del Libro.
A la mañana siguiente, Eduardo no tenía muy buena cara pues no había sido capaz de dormir ni dos horas seguidas. Cuando su mamá fue a despertarlo casi se cayó del susto por ver a su hijo con esa cara; pero aún se asustó más al ver cómo Eduardo se ponía rápidamente la ropa como si nada y se apresurara a salir de casa sin siquiera desayunar.
- No puedo perder tiempo mamá. Tengo un asunto urgente que arreglar.
Los ojos de la Rosi, la Rosi del cuarto c, la hija de Maruja, sí ésa ésa misma, se abrieron como platos ante la disposición de su hijo de ir al colegio y tras un buen rato de sobreposición al shock se fue a meterle en la mochila a su hijo al menos un buen desayuno para el camino; porque sabía que Eduardo tenía que hacer un buen desayuno si quería estar atento en todas las clases. Además, entre tú y yo, a Eduardo le sería mucho más fácil combatir a la bruja Margarita si iba bien comido porque así podría pensar más rápido.
Eduardo entró como un vendaval en el autobús esperando poder hablar con su amigo Manuel. Barrió con su mirada los asientos y se llevó un buen susto al ver allí sentada e impasible a la impostora, la bruja Margarita. Se tomó su tiempo para dedicarle una mirada de desprecio y ésta se la devolvió con un amago de sonrisa de suficiencia en la cara. Entonces el chico olvidó cuál era su propósito de hablar con Manu y se buscó el asiento más alejado de la bruja para evitar que ésta le leyera el pensamiento por contacto visual. Se pasó todo el trayecto (una media hora) pensando y trazando planes. Todos le parecieron absurdos y llegó un momento en el que le parecía que le fuera a estallar la cabeza. Sin embargo, no te asustes, porque a nuestro protagonista no le estalló la cabeza ni tampoco sufrió ningún ataque por parte de la bruja.
Cuando llegaron al colegio, Eduardo y sus compañeros se dirigieron a sus respectivas clases. Eduardo vigiló a la bruja pero ésta no pareció estar preocupada por que a Eduardo se le fuera la lengua, es más, se encaminaba altiva hacia su despacho, saludando ocasionalmente a algún otro profesor. ¿Por qué nadie quería ver que era una bruja? Y lo que era peor, ¿por qué él no era capaz de articular palabra cuando se refería a ese tema? Bueno, ya solucionaría ese tema más tarde. Ahora lo importante era mantener bien vigilada a la bruja.
Eduardo se sentó con aire pensativo en su pupitre y se dispuso a seguir con su nuevo plan. Haría como que no pasa nada y durante el recreo bajaría a la biblioteca e intentaría documentarse sobre las brujas y cómo poder eliminarlas. Quizá no se necesitara más de una persona para acabar con la bruja Margarita.
Así que sacó sus libros y siguió las explicaciones mucho más atento de lo habitual, aunque también con más ganas que nunca de que llegara el recreo para quedarse solo.
El tiempo parecía transcurrir más lento de lo normal y las agujas del reloj de la clase renqueaban entre movimiento y movimiento. Eduardo trató de no perder los nervios, a pesar de que le estaba resultando muy difícil no morderse las uñas.
Después de una eterna eternidad, la alarma dio la bienvenida al recreo. Los niños apenas podían contener la emoción ante tal evento y salieron en tropel provocando un atasco en la puerta de la clase.
Eduardo aprovechó la oportunidad para dirigirse en dirección contraria a la del patio, hacia la biblioteca. En otras condiciones le habría mosqueado bastante el hecho de que Manuel ni siquiera le hubiera dirigido una mirada cómplice cuando al profesor se le había movido la dentadura postiza en un estornudo monumental, pero tenía la cabeza tan llena de posibles maneras de delatar a la bruja que ni siquiera le dio importancia.
Corrió por los pasillos y bajó las escaleras hasta toparse con la puerta de la biblioteca. Ninguno de sus amigos había bajado allí nunca, pero él sí. Y no era porque los libros le atrajeran demasiado (ya sabes que a Eduardo le gustaba mucho más eso de ser como James Bond, el detective más famoso), sino porque un día en una de sus expediciones por el colegio se encontró con aquel sitio tan abrumadora silenciosa y sobre todo con la guapa bibliotecaria que custodiaba aquellos tesoros. Eduardo pensaba que después de Tania, era la chica más guapa del colegio, incluso más que Carolina que había descendido al puesto número tres. Además, Eduardo había aprovechado alguna ocasión para hablar con ella y para su sorpresa, había averiguado que a ella también le gustaba James Bond, el detective más famoso. ¡Pues claro! ¿Cómo se le había podido escapar aquello? Rosana, la bibliotecaria detective. Quizá ella sí le creyera. Sí. Definitivamente se lo contaría a ella. Pero..., ¿y si lo tomaba como una de sus fantasías y no le hacía caso? No. Rosana era especial y seguramente le ayudaría a resolverlo, pero antes iría a por información. Buscaría entre los libros algo que le ayudara, algo que le aclarara las ideas.
Abrió decididamente la puerta de la biblioteca y allí la vislumbró, detrás de una montaña de libros. Llevaba una falda de flores con mucho vuelo que dejaba al descubierto sus piernas infinitas y una chaquetilla de algodón. Eduardo se la imaginó bailando en el jardín de su tía Teresa con el pelo alborotado y cuando quiso darse cuenta se sorprendió por notar calor en los mofletes. Para evitar que Rosana sacara conclusiones equivocadas, se escabulló entre las numerosas estanterías y los grupos de estudiantes que se apiñaban en torno a un libro en especial del que les tocaba hacer el trabajo. Cuando Eduardo llegó a lugar seguro, lo bastante lejos de las miradas ajenas como para tomarse un respiro, se apoyó contra una vieja y fea estatua de un duende leyendo –obsequio para el equipo de lectura del colegio por haber superado el récord de 1000 libros en un trimestre-. De repente, la habitación cambió por completo y nuestro Eduardo se encontró envuelto en la oscuridad más absoluta. Poco a poco sus ojos se fueron acostumbrando a las sombras aunque también ayudaba el hecho de que una serie de candelabros se fue encendiendo por arte de magia iluminando lo que parecía una sala circular de modestas dimensiones y decorada de una manera muy extraña. Eduardo no quería pasar nada por alto y aunque notaba una sensación extraña en la boca del estómago que no tenía nada que ver con que hacía unas cuantas horas que no probaba bocado, abrió los ojos como platos para guardar en su memoria aquella aventura. Además, para su futuro trabajo de espía-aventurero le vendría bien apuntar algo así en su currículo. Eduardo no dejó de mirar a su alrededor y sintió un escalofrío al ver las numerosas telarañas que caían de las paredes, además de los calderos de diversos tamaños que se apilaban en un rincón junto a las escobas que reposaban contra la negruzca pared. Pero lo que más le llamó la atención se encontraba en el centro de la sala. Un impresionante atril bañado en oro sostenía el inmensurable peso de un libro enorme que seguramente, pensó Eduardo, necesitaba más de dos personas para poder abrirlo por la primera página. El chico entrecerró los ojos para evitar que el resplandor que parecía provenir del libraco le hiriera la retina; pero no los cerró del todo porque había algo en aquel objeto que le cautivaba y le obligaba a seguir mirando. Eduardo alargó el cuello para ver algo mejor, pero al cerciorarse de que estaba solo en aquella habitación, decidió acercarse al atril de oro. Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para advertir todos y cada uno de los detalles de la cubierta del libro, su corazón se desbocó y empezó a respirar entrecortadamente. Aquél no era un libro cualquiera. Escondía un secreto y Eduardo, que como sabes no era tonto, ya había unido las ideas que bullían en su cabeza para llegar a la acertada conclusión de que todo eso tenía que ver con la bruja Margarita. Pero ¿cómo podía delatarla sin parecer un loco? ¡Pues claro!, pensó Eduardo, ¡El libro!
Eduardo Tragapalabras. Capítulo 5. "La traición de Manu"
Nuestro protagonista consideró en más de una ocasión salir corriendo del despacho de la bruja y contárselo directamente a la directora. Pero ¡qué sorpresa se iba a llevar si descubriese que la directora también era una bruja!
A pesar de todo, trató de convencerse de que aquella extraña sensación que le inundaba el estómago no era miedo y de que tenía que hacer todo lo posible por mantener la calma. Aquel diario seguía pegado a sus manos algo temblorosas y cuando los ojos de Eduardo se paraban, un grito de advertencia le obligaba a seguir leyendo. Así que como te puedes imaginar, apenas podía pararse a reflexionar sobre cómo salir de aquel embrollo. Además a medida que leía Eduardo notaba cómo su lengua se replegaba en el paladar como si se tratase de una persiana. Pensó que sería síntoma típico de los nervios que se apoderaban de él poco a poco y en contra de su voluntad. ¿Cómo saldría de aquélla?
De repente, la bruja entró en el despacho y al ver a Eduardo tan inmerso en la lectura, una sonrisa maligna se dibujó en su cara. La verruga había alcanzado un tamaño algo preocupante.
- Creo que ya está bien por hoy. Mañana aquí a la misma hora. Y no se te ocurra perderte tu clase de refuerzo de Lengua porque sabré donde estás.
Tras aquellas palabras de la bruja, el diario pareció dejar de ejercer su atracción sobre Eduardo que, algo más pálido de lo normal, levantó sus ojos hacia la farsante. Algo parecía no encajar y el olor a chamusquina empezaba a transformarse en denso humo de barbacoa. Se levantó tratando de disimular su desconcierto y sin dejar de mirar a la bruja se apresuró a salir de la estancia. En cuanto dejó atrás la puerta y perdió de vista a la bruja, echó a correr como no había corrido en toda su vida. ¡Ay si le viera don Ramón, el profe de gimnasia!
Cuando llegó a su clase totalmente exhausto, abrió la puerta de un portazo y no le importó que sus compañeros y el profesor de matemáticas volvieran a mirarle como si estuviesen viendo a un camaleón vestido de payaso. ¡Sus vidas corrían un serio peligro! Y él no se iba a quedar de brazos cruzados.
- Señor- empezó, la voz le temblaba y le costaba trabajo conseguir que su lengua se moviera obedeciendo a su voluntad- tengo que decirle algo muy importante. Mmmmmm. Lo que quiero decir es que la seño Margarita no mmmmmmmm.
Definitivamente su lengua había decidido no hacer su trabajo. Pero Eduardo siguió intentando contar lo que había presenciado.
- La seño Mar mmmmmmm.
- Pero, ¿qué te pasa Eduardo? ¿Es que te ha comido la lengua el gato?
El chico trató de desenredar la lengua pero ésta seguía en su sitio.
- ¿Qué te pasa? ¿Acaso te has tragado las palabras?
- No, no es que mmmmmmm.
- Venga Eduardo, siéntate en tu sitio que hoy no estoy para bromas -el profesor estaba empezando a perder la poca paciencia que le quedaba.
- Pero señor…
- No quiero oír más tonterías o te tendré que castigar copiando mil o quizá dos mil veces la frase: “Como vuelva a interrumpir la clase de matemáticas me va a caer un buen castigo”.
Con los carrillos encendidos por la indignación Eduardo se retiró a su pupitre; pero para nada se dio por vencido. Si algo le sobraba era la testarudez. Si a Eduardo se le metía algo en la cabeza luchaba por ello hasta su último aliento. Sin embargo, con el profe de mates era realmente complicado entenderse. Si hubiera un fuego desde luego, él sería el último en salir de la habitación. Eduardo no podía dar crédito, ¿cómo podía ser una persona tan incrédula? Quizá era porque las matemáticas le habían llenado la cabeza únicamente de números y no tenía sitio para las aventuras. Desde aquel momento Eduardo se juró no volcarse demasiado en las matemáticas porque podría acabar como el profesor. O quizá, siguió pensando Eduardo, era porque era un adulto y todos sabemos que en la cabeza de un adulto casi todo son preocupaciones.
Mientras el profesor explicaba las figuras geométricas o no sé qué, Eduardo buscaba en el interior de su cabeza intentando encontrar el modo de decirle por lo menos a su amigo Manuel lo que le había pasado. Quizá él sí le comprendería y le ayudaría a poner a salvo a todos los niños. Como si se le hubiera encendido una bombillita pensó en el invento más grande de todos como les habían contado en Historia: la escritura. Y por eso, sin tiempo que perder, arrancó una hoja de su cuaderno intentando que el profesor no se diera cuenta (para ello sufrió un repentino ataque de tos), y se puso a escribir. ¿Pero qué tenía que poner para que su amigo no le tomara por un chiflado? La verdad es que no se le ocurría nada que pudiera lograr que su amigo volviera a confiar en él. Pero tenía que intentarlo:
La he encontrado.
Sí, con eso bastaría. No podía arriesgarse a que le pillaran. Por suerte, su mejor amigo no estaba muy lejos de donde nuestro héroe se encontraba. La nota podría llegarle si los demás colaboraban. En un descuido del maestro, Eduardo se agachó para recoger el lápiz que afortunadamente se le había caído, y de paso con un pequeño siseo logró captar la atención de Cristina, la chica más lista de la clase. Ésta le miró algo desconcertada y con un resoplido cogió la nota y leyó los labios de Eduardo: a Manu. La chica obedeció rápidamente para poder volver enseguida a la explicación del trapecio. Varias veces Eduardo temió que la nota no llegara a su destinatario. Las gotas de sudor que le bajaban por la frente habían alcanzado ya un tamaño considerable y es que el profesor había empezado a sospechar y se había puesto a dar la explicación paseándose por la clase. Sin embargo, a pesar de las taquicardias, Eduardo vio con ansiedad cómo su amigo tardaba en reaccionar ante la misiva. Eduardo ya estaba preparado para tratar de comunicarse con su querido amigo por señas (tal y como habían aprendido hacía unos años); pero para sorpresa de Eduardo, Manu tiro la nota al suelo y siguió atento a la explicación. Eduardo no daba crédito, estaba disgustado con su amigo. Recordó el día en que se habían jurado amistad eterna y le invadió una sensación de vacío que hizo que le rugieran las tripas y el corazón. Nunca había imaginado que su amigo le defraudaría de aquel modo. Se habían dicho: “en los buenos y malos tiempos”. Pero al parecer, su amigo lo había olvidado. Aquello le hizo sentirse muy triste y muy solo; pero tras un momento de reflexión decidió que seguiría adelante con ayuda o sin ella.
A pesar de todo, trató de convencerse de que aquella extraña sensación que le inundaba el estómago no era miedo y de que tenía que hacer todo lo posible por mantener la calma. Aquel diario seguía pegado a sus manos algo temblorosas y cuando los ojos de Eduardo se paraban, un grito de advertencia le obligaba a seguir leyendo. Así que como te puedes imaginar, apenas podía pararse a reflexionar sobre cómo salir de aquel embrollo. Además a medida que leía Eduardo notaba cómo su lengua se replegaba en el paladar como si se tratase de una persiana. Pensó que sería síntoma típico de los nervios que se apoderaban de él poco a poco y en contra de su voluntad. ¿Cómo saldría de aquélla?
De repente, la bruja entró en el despacho y al ver a Eduardo tan inmerso en la lectura, una sonrisa maligna se dibujó en su cara. La verruga había alcanzado un tamaño algo preocupante.
- Creo que ya está bien por hoy. Mañana aquí a la misma hora. Y no se te ocurra perderte tu clase de refuerzo de Lengua porque sabré donde estás.
Tras aquellas palabras de la bruja, el diario pareció dejar de ejercer su atracción sobre Eduardo que, algo más pálido de lo normal, levantó sus ojos hacia la farsante. Algo parecía no encajar y el olor a chamusquina empezaba a transformarse en denso humo de barbacoa. Se levantó tratando de disimular su desconcierto y sin dejar de mirar a la bruja se apresuró a salir de la estancia. En cuanto dejó atrás la puerta y perdió de vista a la bruja, echó a correr como no había corrido en toda su vida. ¡Ay si le viera don Ramón, el profe de gimnasia!
Cuando llegó a su clase totalmente exhausto, abrió la puerta de un portazo y no le importó que sus compañeros y el profesor de matemáticas volvieran a mirarle como si estuviesen viendo a un camaleón vestido de payaso. ¡Sus vidas corrían un serio peligro! Y él no se iba a quedar de brazos cruzados.
- Señor- empezó, la voz le temblaba y le costaba trabajo conseguir que su lengua se moviera obedeciendo a su voluntad- tengo que decirle algo muy importante. Mmmmmm. Lo que quiero decir es que la seño Margarita no mmmmmmmm.
Definitivamente su lengua había decidido no hacer su trabajo. Pero Eduardo siguió intentando contar lo que había presenciado.
- La seño Mar mmmmmmm.
- Pero, ¿qué te pasa Eduardo? ¿Es que te ha comido la lengua el gato?
El chico trató de desenredar la lengua pero ésta seguía en su sitio.
- ¿Qué te pasa? ¿Acaso te has tragado las palabras?
- No, no es que mmmmmmm.
- Venga Eduardo, siéntate en tu sitio que hoy no estoy para bromas -el profesor estaba empezando a perder la poca paciencia que le quedaba.
- Pero señor…
- No quiero oír más tonterías o te tendré que castigar copiando mil o quizá dos mil veces la frase: “Como vuelva a interrumpir la clase de matemáticas me va a caer un buen castigo”.
Con los carrillos encendidos por la indignación Eduardo se retiró a su pupitre; pero para nada se dio por vencido. Si algo le sobraba era la testarudez. Si a Eduardo se le metía algo en la cabeza luchaba por ello hasta su último aliento. Sin embargo, con el profe de mates era realmente complicado entenderse. Si hubiera un fuego desde luego, él sería el último en salir de la habitación. Eduardo no podía dar crédito, ¿cómo podía ser una persona tan incrédula? Quizá era porque las matemáticas le habían llenado la cabeza únicamente de números y no tenía sitio para las aventuras. Desde aquel momento Eduardo se juró no volcarse demasiado en las matemáticas porque podría acabar como el profesor. O quizá, siguió pensando Eduardo, era porque era un adulto y todos sabemos que en la cabeza de un adulto casi todo son preocupaciones.
Mientras el profesor explicaba las figuras geométricas o no sé qué, Eduardo buscaba en el interior de su cabeza intentando encontrar el modo de decirle por lo menos a su amigo Manuel lo que le había pasado. Quizá él sí le comprendería y le ayudaría a poner a salvo a todos los niños. Como si se le hubiera encendido una bombillita pensó en el invento más grande de todos como les habían contado en Historia: la escritura. Y por eso, sin tiempo que perder, arrancó una hoja de su cuaderno intentando que el profesor no se diera cuenta (para ello sufrió un repentino ataque de tos), y se puso a escribir. ¿Pero qué tenía que poner para que su amigo no le tomara por un chiflado? La verdad es que no se le ocurría nada que pudiera lograr que su amigo volviera a confiar en él. Pero tenía que intentarlo:
La he encontrado.
Sí, con eso bastaría. No podía arriesgarse a que le pillaran. Por suerte, su mejor amigo no estaba muy lejos de donde nuestro héroe se encontraba. La nota podría llegarle si los demás colaboraban. En un descuido del maestro, Eduardo se agachó para recoger el lápiz que afortunadamente se le había caído, y de paso con un pequeño siseo logró captar la atención de Cristina, la chica más lista de la clase. Ésta le miró algo desconcertada y con un resoplido cogió la nota y leyó los labios de Eduardo: a Manu. La chica obedeció rápidamente para poder volver enseguida a la explicación del trapecio. Varias veces Eduardo temió que la nota no llegara a su destinatario. Las gotas de sudor que le bajaban por la frente habían alcanzado ya un tamaño considerable y es que el profesor había empezado a sospechar y se había puesto a dar la explicación paseándose por la clase. Sin embargo, a pesar de las taquicardias, Eduardo vio con ansiedad cómo su amigo tardaba en reaccionar ante la misiva. Eduardo ya estaba preparado para tratar de comunicarse con su querido amigo por señas (tal y como habían aprendido hacía unos años); pero para sorpresa de Eduardo, Manu tiro la nota al suelo y siguió atento a la explicación. Eduardo no daba crédito, estaba disgustado con su amigo. Recordó el día en que se habían jurado amistad eterna y le invadió una sensación de vacío que hizo que le rugieran las tripas y el corazón. Nunca había imaginado que su amigo le defraudaría de aquel modo. Se habían dicho: “en los buenos y malos tiempos”. Pero al parecer, su amigo lo había olvidado. Aquello le hizo sentirse muy triste y muy solo; pero tras un momento de reflexión decidió que seguiría adelante con ayuda o sin ella.
Eduardo Tragapalabras. Capítulo 4. "En el despacho"
Mientras tanto, en el despacho de la Directora Mariángeles…
- Eduardo lo sabe – admitió la seño Margarita respirando entrecortadamente a causa de haber ido corriendo al despacho de la directora.
Aquello le bastó a la directora para saber a qué se refería la maestra.
- Confío en que hayas puesto las medidas adecuadas para evitar que nos delate, Marga – aquello sonaba más como una afirmación que como una pregunta.
- Sí – aquel monosílabo de la seño Margarita era más que significativo.
- Espero que comprendas al fin el error que has cometido – retomó la directora. – Nos ha costado mucho a todas hacernos a esta nueva vida normal y corriente, tratando de no usar nuestra magia, tratando de hacernos a los transportes típicamente humanos…
Aquello hizo que la bruja Margarita se lamentase de su comportamiento ante su superiora.
- Lo siento. No me creía capaz de poder dejar a un lado mis poderes. Y si lo conseguía sabía que no podría despegarme de mi escoba ni un segundo. Es mi vínculo con nuestra verdadera identidad. No puedo dejar de ser bruja. Es demasiado para mí –La voz de la bruja sonaba profundamente abatida. – Sé que no debería haberme arriesgado a que nos descubrieran.
- Querrás decir te descubrieran.
- Pero aún puedo arreglarlo.
- ¿Ah, sí? ¿Y cómo piensas hacerlo? ¿Comiéndote al niño?
- No. Con el hechizo Tragapalabras – concluyó Margarita.
Una sonrisa de satisfacción iluminó la cara de la directora.
- Eduardo lo sabe – admitió la seño Margarita respirando entrecortadamente a causa de haber ido corriendo al despacho de la directora.
Aquello le bastó a la directora para saber a qué se refería la maestra.
- Confío en que hayas puesto las medidas adecuadas para evitar que nos delate, Marga – aquello sonaba más como una afirmación que como una pregunta.
- Sí – aquel monosílabo de la seño Margarita era más que significativo.
- Espero que comprendas al fin el error que has cometido – retomó la directora. – Nos ha costado mucho a todas hacernos a esta nueva vida normal y corriente, tratando de no usar nuestra magia, tratando de hacernos a los transportes típicamente humanos…
Aquello hizo que la bruja Margarita se lamentase de su comportamiento ante su superiora.
- Lo siento. No me creía capaz de poder dejar a un lado mis poderes. Y si lo conseguía sabía que no podría despegarme de mi escoba ni un segundo. Es mi vínculo con nuestra verdadera identidad. No puedo dejar de ser bruja. Es demasiado para mí –La voz de la bruja sonaba profundamente abatida. – Sé que no debería haberme arriesgado a que nos descubrieran.
- Querrás decir te descubrieran.
- Pero aún puedo arreglarlo.
- ¿Ah, sí? ¿Y cómo piensas hacerlo? ¿Comiéndote al niño?
- No. Con el hechizo Tragapalabras – concluyó Margarita.
Una sonrisa de satisfacción iluminó la cara de la directora.
Eduardo Tragapalabras. Capítulo 3. "Diario secreto de una bruja en la ciudad"
Con la oreja derecha colorada Eduardo llegó arrastrado por la “inocente seño Margarita” a su temido despacho. Ahora le parecía más aterrador que nunca y además era consciente de que en cualquier momento podría aparecer un murciélago o cualquier otro bicho mucho más terrorífico y llevárselo volando a la guarida de la bruja donde sin duda se lo comería o fabricaría con su esencia la tan ansiada pócima de la eterna juventud.
La bruja se puso frente a Eduardo y con su pastosa voz comenzó a hablar.
- Tenía entendido que a los alumnos les estaba terminantemente prohibido entrar en los despachos de los profesores. ¿Acaso ha habido un cambio en la estricta normativa? – los ojos de la bruja demostraban un brillo feroz y Eduardo estaba convencido de que en cualquier momento se lo comería. Sin embargo, Eduardo se había prometido a sí mismo enfrentarse a ella sin ningún miedo tal y como James Bond lo habría hecho. Aún así, le sorprendió que de su boca salieran las siguientes palabras:
- Tampoco sabíamos los alumnos que aceptaran como profesoras a malvadas brujas que se hacen pasar por tiernas maestras cuando, en realidad, lo que pretenden es comernos a todos – A Eduardo le hicieron eco aquellas palabras que había pronunciado con renovada confianza y suficiencia, como siempre que trataba de llevarse el pato en algún asunto.
La sonrisa que le dedicó la bruja era totalmente delatora pensó Eduardo, que volvió a proclamarse en silencio ganador absoluto de aquella apuesta.
- Bien Eduardo – ahí venía lo peor- veo que no me equivocaba contigo. Eres un muchacho demasiado listo. Sabía que me arriesgaba al dejarme ver por la ciudad y que podría topar con entrometidos como tú. Pero no me vas a delatar. No, si puedo impedirlo.
- Y ¿qué va a hacerme seño Margarita? – a lo mejor era mejor que se mantuviera calladito.
- Ya veremos. Pero por el momento me conformo con una redacción.
- ¡¿Una redacción?! -Eduardo no podía dar crédito a sus oídos.- ¿No va a sacarme los ojos o a cortarme la lengua?
- No me des ideas jovencito – la bruja contuvo la risa. –Por el momento estará bien con una redacción.
- ¿Y cuál será el tema: Las brujas en nuestro tiempo?
- No te pases, Eduardo. Me basta con que hagas una redacción sobre este libro.
El desgastado libro de tapas negras con el que había comenzado aquella pesadilla brilló lúgubremente en las tersas manos de la bruja. Una siniestra brisa los recorrió a maestra y alumno, cuado ésta abrió el diario por la primera página.
- Hoy leerás el primer capítulo. Y después podrás irte a clase. Mañana seguiremos con las clases de refuerzo de lengua – la bruja emitió una risita burlona que no le gustó nada a Eduardo.
- ¿Y cómo he de llamarla? – preguntó el chico inocentemente.
- Me conformo con que de momento te dirijas a mí como señorita Margarita.
- Ah, está bien saberlo ¿sabe? Es por si me preguntan por los pasillos.
- Dudo mucho que puedas decir algo.
Tras aquella enigmática respuesta la bruja se marchó dejando a Eduardo solo en el despacho con aquel diario aparentemente inerte en sus manos.
¿Cómo era posible que una bruja despiadada le mandara una simple redacción después de haber descubierto su secreto? Algo no encajaba y Eduardo no tardó en averiguar de qué se trataba.
El chico pensó en escapar y contarle a todo el mundo el secreto de la seño Margarita (qué raro se le hacía llamarla así) pero pensó que quizá la bruja tomara serias represalias contra él. Por eso se dispuso a hacer la redacción. Quizá si la mantenía contenta no hiciera nada malo. Ya tendría tiempo de decírselo a la directora Mariángeles.
Así que empezó a leer. En otras circunstancias habría sido toda una aventura pero en aquella situación de peligro inminente se veía desde otra perspectiva.
Diario secreto de una bruja en la ciudad.
15 de agosto de 2008
Receta de la eterna juventud:
• Agua abundante (cuatro litros) de la Fuente Eterna de la Isla Prohibida.
• 2 Alas de murciélago.
• 1 Asta de ciervo.
• Medio kilo de escamas de dragón dorado.
• Media docena de ojos de serpiente.
• 1 Ala de grifo.
• Una pata de palo.
• Una moneda de oro.
• Cuarto de litro de sangre de niño humano. Preferiblemente comprendido entre nueve y doce años. A poder ser pelirrojo, pecoso y de nombre Eduardo. Según los últimos estudios éstos ejemplares son los más jugosos.
Al niño se le puso la carne de gallina y la sangre que corría por sus venas parecía haberse congelado de repente. ¿Así que era eso lo que tramaba? De alguna manera la bruja Margarita lo había embrujado para que Eduardo llegara hasta ella y así poder utilizar su sangre poco a poco para conseguir su tan deseada pócima de la Eterna Juventud.
Pues no lo conseguiría, pensó Eduardo, que puso a trabajar su cerebro para destrozar los malvados planes de la “seño”.
La bruja se puso frente a Eduardo y con su pastosa voz comenzó a hablar.
- Tenía entendido que a los alumnos les estaba terminantemente prohibido entrar en los despachos de los profesores. ¿Acaso ha habido un cambio en la estricta normativa? – los ojos de la bruja demostraban un brillo feroz y Eduardo estaba convencido de que en cualquier momento se lo comería. Sin embargo, Eduardo se había prometido a sí mismo enfrentarse a ella sin ningún miedo tal y como James Bond lo habría hecho. Aún así, le sorprendió que de su boca salieran las siguientes palabras:
- Tampoco sabíamos los alumnos que aceptaran como profesoras a malvadas brujas que se hacen pasar por tiernas maestras cuando, en realidad, lo que pretenden es comernos a todos – A Eduardo le hicieron eco aquellas palabras que había pronunciado con renovada confianza y suficiencia, como siempre que trataba de llevarse el pato en algún asunto.
La sonrisa que le dedicó la bruja era totalmente delatora pensó Eduardo, que volvió a proclamarse en silencio ganador absoluto de aquella apuesta.
- Bien Eduardo – ahí venía lo peor- veo que no me equivocaba contigo. Eres un muchacho demasiado listo. Sabía que me arriesgaba al dejarme ver por la ciudad y que podría topar con entrometidos como tú. Pero no me vas a delatar. No, si puedo impedirlo.
- Y ¿qué va a hacerme seño Margarita? – a lo mejor era mejor que se mantuviera calladito.
- Ya veremos. Pero por el momento me conformo con una redacción.
- ¡¿Una redacción?! -Eduardo no podía dar crédito a sus oídos.- ¿No va a sacarme los ojos o a cortarme la lengua?
- No me des ideas jovencito – la bruja contuvo la risa. –Por el momento estará bien con una redacción.
- ¿Y cuál será el tema: Las brujas en nuestro tiempo?
- No te pases, Eduardo. Me basta con que hagas una redacción sobre este libro.
El desgastado libro de tapas negras con el que había comenzado aquella pesadilla brilló lúgubremente en las tersas manos de la bruja. Una siniestra brisa los recorrió a maestra y alumno, cuado ésta abrió el diario por la primera página.
- Hoy leerás el primer capítulo. Y después podrás irte a clase. Mañana seguiremos con las clases de refuerzo de lengua – la bruja emitió una risita burlona que no le gustó nada a Eduardo.
- ¿Y cómo he de llamarla? – preguntó el chico inocentemente.
- Me conformo con que de momento te dirijas a mí como señorita Margarita.
- Ah, está bien saberlo ¿sabe? Es por si me preguntan por los pasillos.
- Dudo mucho que puedas decir algo.
Tras aquella enigmática respuesta la bruja se marchó dejando a Eduardo solo en el despacho con aquel diario aparentemente inerte en sus manos.
¿Cómo era posible que una bruja despiadada le mandara una simple redacción después de haber descubierto su secreto? Algo no encajaba y Eduardo no tardó en averiguar de qué se trataba.
El chico pensó en escapar y contarle a todo el mundo el secreto de la seño Margarita (qué raro se le hacía llamarla así) pero pensó que quizá la bruja tomara serias represalias contra él. Por eso se dispuso a hacer la redacción. Quizá si la mantenía contenta no hiciera nada malo. Ya tendría tiempo de decírselo a la directora Mariángeles.
Así que empezó a leer. En otras circunstancias habría sido toda una aventura pero en aquella situación de peligro inminente se veía desde otra perspectiva.
Diario secreto de una bruja en la ciudad.
15 de agosto de 2008
Receta de la eterna juventud:
• Agua abundante (cuatro litros) de la Fuente Eterna de la Isla Prohibida.
• 2 Alas de murciélago.
• 1 Asta de ciervo.
• Medio kilo de escamas de dragón dorado.
• Media docena de ojos de serpiente.
• 1 Ala de grifo.
• Una pata de palo.
• Una moneda de oro.
• Cuarto de litro de sangre de niño humano. Preferiblemente comprendido entre nueve y doce años. A poder ser pelirrojo, pecoso y de nombre Eduardo. Según los últimos estudios éstos ejemplares son los más jugosos.
Al niño se le puso la carne de gallina y la sangre que corría por sus venas parecía haberse congelado de repente. ¿Así que era eso lo que tramaba? De alguna manera la bruja Margarita lo había embrujado para que Eduardo llegara hasta ella y así poder utilizar su sangre poco a poco para conseguir su tan deseada pócima de la Eterna Juventud.
Pues no lo conseguiría, pensó Eduardo, que puso a trabajar su cerebro para destrozar los malvados planes de la “seño”.
Eduardo Tragapalabras. Capítulo 2. "¡Es una bruja!"
No sabía cuanto tiempo había pasado pensando en el futuro con la mirada fija en la enredadera; pero el zumbido de una avispa le hizo volver a la realidad y en seguida se dio cuenta de algo que le había pasado desapercibido hasta aquel momento.
La enredadera parecía trepar insinuantemente por la fachada y parecía llegar hasta el despacho de la señorita Margarita. ¿Acaso era casualidad? No, claro que no. Seguramente la seño Margarita la abría hecho aparecer ahí para poder bajar y subir sin ser vista. Además podía esconder tras ella a su querida escoba. Además la ventana estaba abierta y aquello era demasiada suerte. No podía dejar escapar una oportunidad como aquélla. Si de algo estaba seguro Eduardo era de que esa mujer era una bruja. Sí señor y se lo demostraría a todos. Todavía no había terminado la apuesta.
Así pues se dispuso a llegar al fondo de aquella cuestión. De la manera más silenciosa que pudo se deslizó hacia la enredadera. Con manos temblorosas apartó las hojas y suspiró al ver que su atrevimiento había recibido su recompensa. Allí estaba, casi encogida para que no la descubrieran, la escoba de la bruja. Se la llevaría a sus amigos para demostrarles que era verdad. Ganaría la apuesta. Pero, ¿qué pasaría después? Era cierto que la escoba ya se había descubierto, pero ¿qué pasaría con la seño Margarita? No podía irse de rositas. ¿Y si era una bruja despiadada que pretendía quedarse a solas con los niños y engordarles la barriga con suculentas historias fantásticas para luego comérselos como les pasó a los incautos Hansel y Gretel? Eduardo no podía permitir algo así. Por eso escalaría por la enredadera hasta el despacho de la seño Margarita y una vez allí registraría su escritorio en busca de algún libro de pócimas horribles con ojos de murciélago y colas de lagartija o quizá algún sombrero de punta como los de las brujas de mayor prestigio.
Sin tiempo que perder nuestro amigo se frotó las manos y luego se las lavó con un escupitajo para que pudieran adherirse mejor a la planta embrujada. Así empezó a escalar sin mirar abajo por si acaso le daba algún mareo. Ya le pasó cuando la semana pasada en gimnasia les hicieron escalar la cuerda y no quería que le ocurriera lo mismo; pues aún resonaban las carcajadas de sus compañeros en sus oídos y no le gustaba nada. Cuando vio la ventana del despacho tenía los mofletes tan colorados que le podrían haber confundido con un tomate y le pareció no tener la fuerza suficiente como para hacer un último esfuercillo. Sin embargo, sus ganas por resolver aquel intrigante caso le hicieron reunir todas sus fuerzas para lanzar la mano hacia el alféizar de la ventana. Resoplando logró asirse con las dos manos y tirando del resto de su cuerpo –nunca hubiera imaginado que pesara tanto- pudo adentrarse en la silenciosa y sin duda encantada estancia.
Apenas podía respirar pero sería incapaz de decir si era por el esfuerzo o por la agitación del momento. Se sentía un verdadero detective además de cazador de brujas. Si su padre le hubiera visto seguramente estaría muy orgulloso de él. Eduardo tenía un vago recuerdo de su padre, pues se murió cuando él era muy pequeñito; pero eso no hacía que le quisiera menos. Además, su madre siempre le decía cuánto les quería y lo bien que lo habían pasado el poco tiempo que estuvieron juntos. Solía contar muchas anécdotas acerca de cómo se conocieron cuando eran jóvenes y Eduardo no podía dejar de preguntarse si algún día él llegaría a enamorarse tanto de una chica.
Sin apartar esos pensamientos de su cabeza, empezó a revolver los cajones del escritorio de la seño con cuidado de volver a dejarlos como estaban.
Eduardo se habría convertido en un verdadero héroe además de cazador de brujas y este cuento habría llegado a su fin sin más emoción, si hubiese salido del despacho con aquel libro de tapas negras escondido bajo la camisa del uniforme. Pero para eso no le tendría que haber pillado la propia seño Margarita con las manos en la masa. Y es que para desgracia de Eduardo, cuando sintió el sospechoso brillo de aquel libro en el fondo del tercer cajón del escritorio se quedó encandilado y fue como quedar congelado en el tiempo. Nada alrededor parecía tener más sentido que aquel libro que parecía hipnotizarlo y cautivarlo para que abriera y leyera sus páginas prohibidas. Eduardo apenas podía dar crédito a su descubrimiento. Los ojos se le habían puesto como enormes platos soperos. A pesar de su estado de profunda conmoción pudo discernir, como si se tratase de un mensaje oculto, unas letras en la cubierta que sólo podían leerse si se inclinaba el libro un cierto ángulo haciendo que la luz del sol incidiera directamente sobre las letras. La boca de Eduardo se asemejó por un momento a la entrada del metro pues la había abierto desmesuradamente al leer en la cubierta del libro: Diario secreto de una bruja en la ciudad.
Podía haberse tratado de un libro cualquiera de ficción como aquellos que solía leer su madre sobre amas de casa en apuros y esas cosas pero Eduardo estaba seguro de que aquél era especial y realmente se trataba del diario secreto de una bruja en la ciudad.
Ansioso por leer más abrió el diario por la primera página pero sin previo aviso el diario comenzó a retorcerse en sus manos y como si se tratase de una alarma contra incendios, comenzó a chillar.
Eduardo, que parecía haber sido hechizado, poco a poco fue regresando a la realidad que el diario parecía haber absorbido por completo y, desesperado, trató de hacerlo callar ahogando aquel estruendo con su jersey pero no hubo manera.
Al chico empezaron a entrarle los nervios de verdad cuando oyó cientos de pasos moverse nerviosamente hacia la salida de incendios. ¿Habría fuego de verdad o sólo era el ruido que hacía el diario para despistar a todo el mundo? Enseguida supo la respuesta.
Cientos de voces en el patio le informaron de que todos los alumnos y profesores habían abandonado el colegio a la espera de que vinieran los bomberos para apagar el incendio y que sólo él quedaba en el edificio. ¿O no?
Unos tacones se apresuraban hacia el despacho en el que se encontraba Eduardo y éste cerró los ojos deseando que fuera la directora Mariángeles que iba a asegurarse de que no quedaba nadie encerrado en alguna clase. Eduardo sólo tenía unos segundos para actuar pues el eco de los pasos le llegaba cada vez con más sonoridad. Pensó rápidamente. Necesitaba un escondrijo ya. Entonces, como aparecido por arte de magia, vislumbró ante sus ojos un armario. Por fin había encontrado su salvación. Corrió hacia él como si su vida dependiera de ello dejando al diario atrás chillando como un loco y cerró la puerta del armario tras de sí como si estuviera en su propia habitación tratando de evitar que entrara el Hombre del Saco. Se apretujó como pudo entre montañitas de libros de lengua y diccionarios, cajas de pinturas y lápices, babys y otros objetos perdidos; y cruzando los dedos, conteniendo la respiración y sudando la gota gorda, Eduardo aguardó a que los tacones pisaran la suave moqueta que cubría el despacho de la seño Margarita.
Un escalofrío le recorrió la espina dorsal cuando alguien entró en el despacho. Mordiéndose los labios afinó el oído y oyó la aguda voz de la seño Margarita susurrar a su diario:
- Calla mi chiquitín. ¿Es que alguien ha querido leerte?
El diario como si de un niño se tratara respondió con un lamento a su propietaria.
- ¿Y dónde está ahora ese atrevido? –preguntó con la voz de madre preocupada que a cualquiera le hubiera puesto la carne de gallina. Si hubiera hablado con su voz de bruja hubiera dado menos miedo.
Eduardo supo que ése iba a ser su final. Ni siquiera podría darle a Mario en esa narizota suya con el diario de la bruja y ver cómo se le caía la cara de vergüenza cuando Tania le rechazase al saber que había sido un cobarde. Pero ahora eso no importaba. Iba a morir en el caldero. Lo sabía. Estaba condenado. Pero moriría como un auténtico héroe. Sin embargo, el héroe esperaría un poco más en el armario. A lo mejor el diario no le delataba. ¡Qué estúpido! ¿Cómo no le iba a delatar si le había despertado de su sueño de papel?
Eduardo cerró los ojos como no queriendo ver lo que vendría a continuación pero su agonía no duraría mucho.
La puerta del armario se abrió con enorme estruendo y la cara de la señorita Margarita, es decir, de la Bruja Margarita apareció como en una horrible pesadilla de la que uno se despierta con taquicardias. Eduardo decidió sacar al héroe que llevaba dentro y abriendo los ojos a la vez que saltaba fuera del armario gritó:
- ¡Ríndete bruja! Te he descubierto.
Una risa estridente salió de la boca de la ya no tan encantadora seño Margarita.
- ¿Y qué me vas a hacer pequeño gusano?
Justo cuando Eduardo pensaba que la bruja le echaría uno de sus malévolos hechizos las voces de sus compañeros volvieron a inundar los pasillos.
- FALSA ALARMAAAAAA
La bruja y el chico se miraron unos instantes antes de que entraran en tropel todos los niños y niñas que tenían Lengua a esa hora.
Con una sonrisa socarrona Eduardo se despidió lo más educadamente que supo de la profesora; pero ésta tampoco se le quedó atrás ya que le lanzó una mirada aterradora.
Al cerrar la puerta tras de sí, Eduardo no podía creer la suerte que había tenido y que ahora le daba la oportunidad de contárselo a Manuel y los demás. Corrió todo lo que pudo hasta llegar a su clase y el brillo triunfal de sus ojos se esfumó al comprobar que se le había adelantado. Magia negra. Allí, haciendo gala de su altanería, Eduardo se encontró a su nueva y peor enemiga. La seño Margarita, que parecía no haber roto un plato en su vida con aquellos ojillos llorosos y su sonrisa dulzona, hablaba muy preocupada con el profesor de música. El fragmento que logró captar Eduardo no le gustó ni un pelo.
- Es un chico muy listo y no quiero que se quede tan atrasado en mi clase –decía la bruja de manera muy convincente. Sin duda estaba hechizando al profesor. Bruja, no cabía duda. Bruja hasta los topes.
- Bueno, es cierto pero yo tampoco quiero que se atrase con la música. Para mí la música es tanto o más que el lenguaje. Es la lengua del alma –respondía apasionadamente el hombrecillo de gafas de media luna caídas sobre unos labios que apenas eran más gruesos que un espaguetti.
Eduardo pudo ver cómo la paciencia de la bruja empezaba a disiparse e incluso pudo observar cómo la verruga de la nariz empezaba a agrandar su tamaño casi imperceptiblemente. De pronto se sorprendió deseando que estuvieran hablando de otro alumno, pero no hubo tanta suerte.
- Mariano, iré a hablar con la directora si no me deja avanzar con Eduardo en la clase de Lengua –seria daba aún más miedo.
- ¿Y por qué no le hace venir en horas extraescolares si está tan interesada en sacarle adelante? –el profesor empezaba a estar fuera de sus casillas. Seguramente accedería a la insistencia de la profesora con tal de que le dejara seguir con su clase.
- Porque entonces estaría recibiendo un trato especial por mi parte y además se perdería sus, sin duda alguna, interesantísimos entrenamientos de judo. Ya sabe que es un crío muy activo y curioso…
Eduardo intentó comunicarse con el profesor pero éste parecía demasiado harto como para andar escuchando más tonterías que no hacían más que retrasarle su lección. Así que, como siendo testigo de su propia sentencia de muerte, Eduardo leyó los labios del profesor con una mueca de terror en los labios.
- De acuerdo Margarita. Haga lo que quiera con el chico pero déjeme dar mi clase, por el amor de Dios.
- Nooooooooooooooooooo. ¡Es una bruja! –gritó Eduardo sin importarle nada más que salvar su vida y la de todos los que se interpusieran en el camino de aquella mujer. Sin embargo, creo que te puedes hacer una idea de la cara que se le puso a don Mariano que no sabía donde meterse y a toda la clase que se le quedó mirando conteniendo las risas. Entre todas aquellas caras, que en ese momento eran de todo menos amistosas, Eduardo pudo ver la de Manuel que bajaba avergonzada por el comportamiento del que creía su valiente y atrevido amigo, que no había resultado ser tal sino un chiflado con ansias de popularidad aquel día. No recibir el apoyo de su mejor amigo le hundió la moral pero lograría un modo de hacerle ver que decía la verdad.
La enredadera parecía trepar insinuantemente por la fachada y parecía llegar hasta el despacho de la señorita Margarita. ¿Acaso era casualidad? No, claro que no. Seguramente la seño Margarita la abría hecho aparecer ahí para poder bajar y subir sin ser vista. Además podía esconder tras ella a su querida escoba. Además la ventana estaba abierta y aquello era demasiada suerte. No podía dejar escapar una oportunidad como aquélla. Si de algo estaba seguro Eduardo era de que esa mujer era una bruja. Sí señor y se lo demostraría a todos. Todavía no había terminado la apuesta.
Así pues se dispuso a llegar al fondo de aquella cuestión. De la manera más silenciosa que pudo se deslizó hacia la enredadera. Con manos temblorosas apartó las hojas y suspiró al ver que su atrevimiento había recibido su recompensa. Allí estaba, casi encogida para que no la descubrieran, la escoba de la bruja. Se la llevaría a sus amigos para demostrarles que era verdad. Ganaría la apuesta. Pero, ¿qué pasaría después? Era cierto que la escoba ya se había descubierto, pero ¿qué pasaría con la seño Margarita? No podía irse de rositas. ¿Y si era una bruja despiadada que pretendía quedarse a solas con los niños y engordarles la barriga con suculentas historias fantásticas para luego comérselos como les pasó a los incautos Hansel y Gretel? Eduardo no podía permitir algo así. Por eso escalaría por la enredadera hasta el despacho de la seño Margarita y una vez allí registraría su escritorio en busca de algún libro de pócimas horribles con ojos de murciélago y colas de lagartija o quizá algún sombrero de punta como los de las brujas de mayor prestigio.
Sin tiempo que perder nuestro amigo se frotó las manos y luego se las lavó con un escupitajo para que pudieran adherirse mejor a la planta embrujada. Así empezó a escalar sin mirar abajo por si acaso le daba algún mareo. Ya le pasó cuando la semana pasada en gimnasia les hicieron escalar la cuerda y no quería que le ocurriera lo mismo; pues aún resonaban las carcajadas de sus compañeros en sus oídos y no le gustaba nada. Cuando vio la ventana del despacho tenía los mofletes tan colorados que le podrían haber confundido con un tomate y le pareció no tener la fuerza suficiente como para hacer un último esfuercillo. Sin embargo, sus ganas por resolver aquel intrigante caso le hicieron reunir todas sus fuerzas para lanzar la mano hacia el alféizar de la ventana. Resoplando logró asirse con las dos manos y tirando del resto de su cuerpo –nunca hubiera imaginado que pesara tanto- pudo adentrarse en la silenciosa y sin duda encantada estancia.
Apenas podía respirar pero sería incapaz de decir si era por el esfuerzo o por la agitación del momento. Se sentía un verdadero detective además de cazador de brujas. Si su padre le hubiera visto seguramente estaría muy orgulloso de él. Eduardo tenía un vago recuerdo de su padre, pues se murió cuando él era muy pequeñito; pero eso no hacía que le quisiera menos. Además, su madre siempre le decía cuánto les quería y lo bien que lo habían pasado el poco tiempo que estuvieron juntos. Solía contar muchas anécdotas acerca de cómo se conocieron cuando eran jóvenes y Eduardo no podía dejar de preguntarse si algún día él llegaría a enamorarse tanto de una chica.
Sin apartar esos pensamientos de su cabeza, empezó a revolver los cajones del escritorio de la seño con cuidado de volver a dejarlos como estaban.
Eduardo se habría convertido en un verdadero héroe además de cazador de brujas y este cuento habría llegado a su fin sin más emoción, si hubiese salido del despacho con aquel libro de tapas negras escondido bajo la camisa del uniforme. Pero para eso no le tendría que haber pillado la propia seño Margarita con las manos en la masa. Y es que para desgracia de Eduardo, cuando sintió el sospechoso brillo de aquel libro en el fondo del tercer cajón del escritorio se quedó encandilado y fue como quedar congelado en el tiempo. Nada alrededor parecía tener más sentido que aquel libro que parecía hipnotizarlo y cautivarlo para que abriera y leyera sus páginas prohibidas. Eduardo apenas podía dar crédito a su descubrimiento. Los ojos se le habían puesto como enormes platos soperos. A pesar de su estado de profunda conmoción pudo discernir, como si se tratase de un mensaje oculto, unas letras en la cubierta que sólo podían leerse si se inclinaba el libro un cierto ángulo haciendo que la luz del sol incidiera directamente sobre las letras. La boca de Eduardo se asemejó por un momento a la entrada del metro pues la había abierto desmesuradamente al leer en la cubierta del libro: Diario secreto de una bruja en la ciudad.
Podía haberse tratado de un libro cualquiera de ficción como aquellos que solía leer su madre sobre amas de casa en apuros y esas cosas pero Eduardo estaba seguro de que aquél era especial y realmente se trataba del diario secreto de una bruja en la ciudad.
Ansioso por leer más abrió el diario por la primera página pero sin previo aviso el diario comenzó a retorcerse en sus manos y como si se tratase de una alarma contra incendios, comenzó a chillar.
Eduardo, que parecía haber sido hechizado, poco a poco fue regresando a la realidad que el diario parecía haber absorbido por completo y, desesperado, trató de hacerlo callar ahogando aquel estruendo con su jersey pero no hubo manera.
Al chico empezaron a entrarle los nervios de verdad cuando oyó cientos de pasos moverse nerviosamente hacia la salida de incendios. ¿Habría fuego de verdad o sólo era el ruido que hacía el diario para despistar a todo el mundo? Enseguida supo la respuesta.
Cientos de voces en el patio le informaron de que todos los alumnos y profesores habían abandonado el colegio a la espera de que vinieran los bomberos para apagar el incendio y que sólo él quedaba en el edificio. ¿O no?
Unos tacones se apresuraban hacia el despacho en el que se encontraba Eduardo y éste cerró los ojos deseando que fuera la directora Mariángeles que iba a asegurarse de que no quedaba nadie encerrado en alguna clase. Eduardo sólo tenía unos segundos para actuar pues el eco de los pasos le llegaba cada vez con más sonoridad. Pensó rápidamente. Necesitaba un escondrijo ya. Entonces, como aparecido por arte de magia, vislumbró ante sus ojos un armario. Por fin había encontrado su salvación. Corrió hacia él como si su vida dependiera de ello dejando al diario atrás chillando como un loco y cerró la puerta del armario tras de sí como si estuviera en su propia habitación tratando de evitar que entrara el Hombre del Saco. Se apretujó como pudo entre montañitas de libros de lengua y diccionarios, cajas de pinturas y lápices, babys y otros objetos perdidos; y cruzando los dedos, conteniendo la respiración y sudando la gota gorda, Eduardo aguardó a que los tacones pisaran la suave moqueta que cubría el despacho de la seño Margarita.
Un escalofrío le recorrió la espina dorsal cuando alguien entró en el despacho. Mordiéndose los labios afinó el oído y oyó la aguda voz de la seño Margarita susurrar a su diario:
- Calla mi chiquitín. ¿Es que alguien ha querido leerte?
El diario como si de un niño se tratara respondió con un lamento a su propietaria.
- ¿Y dónde está ahora ese atrevido? –preguntó con la voz de madre preocupada que a cualquiera le hubiera puesto la carne de gallina. Si hubiera hablado con su voz de bruja hubiera dado menos miedo.
Eduardo supo que ése iba a ser su final. Ni siquiera podría darle a Mario en esa narizota suya con el diario de la bruja y ver cómo se le caía la cara de vergüenza cuando Tania le rechazase al saber que había sido un cobarde. Pero ahora eso no importaba. Iba a morir en el caldero. Lo sabía. Estaba condenado. Pero moriría como un auténtico héroe. Sin embargo, el héroe esperaría un poco más en el armario. A lo mejor el diario no le delataba. ¡Qué estúpido! ¿Cómo no le iba a delatar si le había despertado de su sueño de papel?
Eduardo cerró los ojos como no queriendo ver lo que vendría a continuación pero su agonía no duraría mucho.
La puerta del armario se abrió con enorme estruendo y la cara de la señorita Margarita, es decir, de la Bruja Margarita apareció como en una horrible pesadilla de la que uno se despierta con taquicardias. Eduardo decidió sacar al héroe que llevaba dentro y abriendo los ojos a la vez que saltaba fuera del armario gritó:
- ¡Ríndete bruja! Te he descubierto.
Una risa estridente salió de la boca de la ya no tan encantadora seño Margarita.
- ¿Y qué me vas a hacer pequeño gusano?
Justo cuando Eduardo pensaba que la bruja le echaría uno de sus malévolos hechizos las voces de sus compañeros volvieron a inundar los pasillos.
- FALSA ALARMAAAAAA
La bruja y el chico se miraron unos instantes antes de que entraran en tropel todos los niños y niñas que tenían Lengua a esa hora.
Con una sonrisa socarrona Eduardo se despidió lo más educadamente que supo de la profesora; pero ésta tampoco se le quedó atrás ya que le lanzó una mirada aterradora.
Al cerrar la puerta tras de sí, Eduardo no podía creer la suerte que había tenido y que ahora le daba la oportunidad de contárselo a Manuel y los demás. Corrió todo lo que pudo hasta llegar a su clase y el brillo triunfal de sus ojos se esfumó al comprobar que se le había adelantado. Magia negra. Allí, haciendo gala de su altanería, Eduardo se encontró a su nueva y peor enemiga. La seño Margarita, que parecía no haber roto un plato en su vida con aquellos ojillos llorosos y su sonrisa dulzona, hablaba muy preocupada con el profesor de música. El fragmento que logró captar Eduardo no le gustó ni un pelo.
- Es un chico muy listo y no quiero que se quede tan atrasado en mi clase –decía la bruja de manera muy convincente. Sin duda estaba hechizando al profesor. Bruja, no cabía duda. Bruja hasta los topes.
- Bueno, es cierto pero yo tampoco quiero que se atrase con la música. Para mí la música es tanto o más que el lenguaje. Es la lengua del alma –respondía apasionadamente el hombrecillo de gafas de media luna caídas sobre unos labios que apenas eran más gruesos que un espaguetti.
Eduardo pudo ver cómo la paciencia de la bruja empezaba a disiparse e incluso pudo observar cómo la verruga de la nariz empezaba a agrandar su tamaño casi imperceptiblemente. De pronto se sorprendió deseando que estuvieran hablando de otro alumno, pero no hubo tanta suerte.
- Mariano, iré a hablar con la directora si no me deja avanzar con Eduardo en la clase de Lengua –seria daba aún más miedo.
- ¿Y por qué no le hace venir en horas extraescolares si está tan interesada en sacarle adelante? –el profesor empezaba a estar fuera de sus casillas. Seguramente accedería a la insistencia de la profesora con tal de que le dejara seguir con su clase.
- Porque entonces estaría recibiendo un trato especial por mi parte y además se perdería sus, sin duda alguna, interesantísimos entrenamientos de judo. Ya sabe que es un crío muy activo y curioso…
Eduardo intentó comunicarse con el profesor pero éste parecía demasiado harto como para andar escuchando más tonterías que no hacían más que retrasarle su lección. Así que, como siendo testigo de su propia sentencia de muerte, Eduardo leyó los labios del profesor con una mueca de terror en los labios.
- De acuerdo Margarita. Haga lo que quiera con el chico pero déjeme dar mi clase, por el amor de Dios.
- Nooooooooooooooooooo. ¡Es una bruja! –gritó Eduardo sin importarle nada más que salvar su vida y la de todos los que se interpusieran en el camino de aquella mujer. Sin embargo, creo que te puedes hacer una idea de la cara que se le puso a don Mariano que no sabía donde meterse y a toda la clase que se le quedó mirando conteniendo las risas. Entre todas aquellas caras, que en ese momento eran de todo menos amistosas, Eduardo pudo ver la de Manuel que bajaba avergonzada por el comportamiento del que creía su valiente y atrevido amigo, que no había resultado ser tal sino un chiflado con ansias de popularidad aquel día. No recibir el apoyo de su mejor amigo le hundió la moral pero lograría un modo de hacerle ver que decía la verdad.
Eduardo Tragapalabras. Capítulo 1. "Simplemente Eduardo"
Eduardo es un niño normal como tú o incluso más normal que tú si me apuras. Tiene nueve años, es pecoso y tiene una mata de pelo pelirrojo que siempre lleva despeinado aunque su madre le obligue a repeinárselo hacia atrás. En el autobús siempre aprovecha para darle un toque personal porque le ha oído a su amigo Manuel que así es como les gusta a las chicas. Y la verdad es que Manuel tenía razón, porque Tania no había dejado de mirarle en clase, e incluso había pillado alguna vez a Carolina y a Marta mirándole a hurtadillas… Sin embargo, el éxito que Eduardo se creía tener no era por su pelo. Es más, ni siquiera tenía que ver con su cabeza; porque después de clase, Manuel le dijo algo avergonzado que el foco de atención de la clase era el chicle rosa chillón que tenía pegado en la espalda. ¡Con razón todos se reían tanto!
Aún con todo, Eduardo se sentía el más chulo de la clase.., ¡y del colegio! Incluso en su casa se sentía el rey del mambo. Todos le adoraban y era el ojito derecho de su abuela. De hecho, cuando estaba con la yaya, ésta le decía que tenía un don: hablar por los codos. A Eduardo eso nunca le había parecido un don pero si se miraba bien era verdad que sabía hablar de todos los temas que le pidieran y casi siempre lograba encandilar a los que le escuchaban. Además las notas no le iban nada mal; pero tenía un verdadero problema con gimnasia y sobre todo con la asignatura de lengua. La señorita Margarita era muy maja cuando les leía historias fantásticas los viernes pero el resto de la semana era una verdadera bruja. Además si se la miraba bien se podía ver una verruga en la punta de la nariz. ¡Sólo le faltaba la escoba! Eduardo y Manuel estaban seguros de que la aparcaba en la parte trasera del colegio; pero el resto de la pandilla no lo tenía tan claro; así que se emplearon a fondo para ganarles la apuesta a Mario y a sus colegas. Mario era el creidillo de la panda y siempre buscaba la manera de fastidiar a Eduardo para que los demás supieran lo fuerte y listo que era él y lo patoso que era Eduardo.
Así, la apuesta consistía en descubrir el escondite de la escoba de la bruja. Según el resultado, el perdedor tendría que correr diez vueltas al patio y luego pedirle a Tania, la chica más guapa del colegio pero también la más dura de conquistar, que fuera con él a la fiesta de fin de curso. Así visto no parecía necesario ganar la apuesta; sin embargo, si ella se negaba a ir al baile con el perdedor, éste sería el hazmerreír del colegio y a nadie le gusta acabar así una apuesta. Por otro lado, al ganador le harían los deberes de lengua durante al menos un mes. Todos quedaron bastante satisfechos con las condiciones de la apuesta, excepto el propio Eduardo que, a pesar de estar convencido de que la seño Margarita no utilizaba el transporte público, no tenía nada claro la equidad de las condiciones de la apuesta.
Mario era el capitán del equipo de fútbol y hacía mucho deporte; por lo que no le importaba correr diez vueltas al patio y además, para disgusto de Eduardo, Mario era un guaperas y tenía a todas las chicas detrás de él.
Todo esto le preocupaba mucho a Eduardo. Tanto que le costaba dormirse por las noches.
Así que, cuando llegó el día de la apuesta Eduardo se preparó una escenita que a mí me habría convencido, desde luego. Antes de que llegara su madre a la habitación para despertarle como era su costumbre para no llegar tarde al colegio, cogió el termómetro de su mesilla de noche y lo puso al lado de la lamparita durante un minuto. Cuando creyó que el mercurio estaba a punto de evaporarse se lo metió en la boca, como en las películas, y empezó a toser hasta que se puso como un tomate.
Cuando la señora Rosi, su madre, conocida en el barrio como “la Rosi del cuarto c, la hija de Maruja, sí ésa ésa misma”, abrió la puerta del dormitorio y se encontró a Eduardo en aquel estado, le entraron unas ganas locas de reír. Aquello desconcertó a Eduardo que puso a trabajar a sus neuronas haciendo gala de toda su teatralidad y verborrea. Le dijo a su madre entre toses y moqueo que se encontraba realmente mal y que no podría ir a la escuela al menos en una semana. Su madre, que no tenía ni un pelo de tonta como les suele pasar a todas las madres, le dijo que ni hablar, que se encontraba como una rosa y que dejara de inventarse patrañas.
Así que como podéis suponer, Eduardo tuvo que desperezarse y armarse de todo el valor que tuviera para hacer frente a la apuesta.
Después de la clase de Conocimiento del Medio Eduardo y Manuel salieron ansiosos en cuanto sonó el timbre y aprovecharon la salida en tropel de sus compañeros para ir a hurtadillas a la parte trasera del colegio. Mario y Toño los seguían para cerciorarse de que cumplían con lo pactado. Si la escoba estaba allí, Eduardo se proclamaría ganador de la apuesta y Mario tendría que tragarse su orgullo, correr diez vueltas al patio y pedirle a Tania lo que nadie se había atrevido a pedirle.
A Eduardo y Manuel casi se les salía el corazón de su sitio de la tensión. Sabían a qué se tendrían que enfrentar si no conseguían probar que la seño Margarita venía a la escuela en escoba y a ninguno le hacía ninguna gracia. Pero estaban tan convencidos…
Al llegar a la parte trasera del colegio, se les cayó el alma a los pies pues no vieron ninguna escoba. Buscaron y buscaron pero no hubo manera. Pensaron que quizá la seño Margarita la había escondido con un hechizo de invisibilidad o algo así. ¡Qué fantasiosos! Tendrían que dejar de ver tantas películas.
Eduardo y Manuel podían oír las risillas de Mario y Toño que pensaban deleitados en que ya no tendrían que pensar en los deberes de Lengua durante un mes y en que podrían tirarse tardes enteras jugando al baloncesto y quién sabe si haciendo alguna trastadilla que otra.
Eduardo ya estaba a punto de retirarse desesperanzado y jurando y perjurando que no volvería a apostar cosas así cuando entre la enredadera vio sobresalir lo que parecía el palo de una vieja escoba… Eduardo pegó un codazo a Manuel pero éste estaba demasiado cansado de las fantasías de su amigo, como para hacerle caso. Mario y Toño ya se habían ido al patio con sonrisas triunfales dibujadas en la cara y Manuel les pisaba los talones con aire abatido, con ganas de que se lo tragara la tierra. Una vez más las fantasiosas suposiciones de su amigo Eduardo fallaban y eso iría en contra de los dos. Quizá Mario le obligara también a él a pagar la apuesta haciéndoles los deberes a los chuletas de la clase. Siempre era el pringado de turno y se llevaba la peor parte. Al fin y al cabo Eduardo era popular. Por eso mismo, a partir de aquel momento dejaría de pensar en esas estúpidas apuestas y quién sabe si quizá se tomara un tiempo en su amistad con Eduardo. No le haría daño a nadie. Y cuando Eduardo se volviera tan realista y formal como él entonces volverían a ser amigos. ¿Pero dónde había vuelto a meterse Eduardo? Qué más daba. Seguramente seguiría viendo palos de escoba en la parte trasera del colegio, pero Manuel no le seguiría la corriente. Esta vez no.
Mientras tanto, Eduardo seguía, como su amigo Manuel intuía, buscando ese palo de escoba en concreto, el de la seño Margarita. Nuestro aventurero estaba convencido de haber visto realmente un palo de escoba asomando por entre la enredadera. Se acercó sigilosamente como si se tratara del nuevo James Bond, el agente secreto más famoso de todos los tiempos. Quizá algún día fuera como Bond. De hecho, disfrutaba enormemente imaginándose a sí mismo enfundado en una elegante gabardina y empuñando una pistola de calibre 23. A lo mejor eso llamaba la atención de Tania.., y quién sabe si también cautivaría a otras chicas. Se ponía nervioso pensando en eso pero era inevitable. No había tenido la oportunidad de hablar de chicas con su madre, que era seguramente la que más sabría del tema, pero sí le había comentado algo a su amigo Manuel. Pero había observado que éste no sentía el mismo interés que él por esos temas y le había llegado a decir que estaba creciendo. Eduardo al principio se mostró algo preocupado por el hecho de parecer estar cambiando a los ojos de sus amigos porque tiempo atrás se habían jurado permanecer para siempre como niños, al estilo de Peter Pan y los Niños Perdidos; pero en el fondo le gustaba la idea de hacerse mayor. El mundo de los adultos se le antojaba fascinante e intrincado y el misterio siempre le había atraído.
Aún con todo, Eduardo se sentía el más chulo de la clase.., ¡y del colegio! Incluso en su casa se sentía el rey del mambo. Todos le adoraban y era el ojito derecho de su abuela. De hecho, cuando estaba con la yaya, ésta le decía que tenía un don: hablar por los codos. A Eduardo eso nunca le había parecido un don pero si se miraba bien era verdad que sabía hablar de todos los temas que le pidieran y casi siempre lograba encandilar a los que le escuchaban. Además las notas no le iban nada mal; pero tenía un verdadero problema con gimnasia y sobre todo con la asignatura de lengua. La señorita Margarita era muy maja cuando les leía historias fantásticas los viernes pero el resto de la semana era una verdadera bruja. Además si se la miraba bien se podía ver una verruga en la punta de la nariz. ¡Sólo le faltaba la escoba! Eduardo y Manuel estaban seguros de que la aparcaba en la parte trasera del colegio; pero el resto de la pandilla no lo tenía tan claro; así que se emplearon a fondo para ganarles la apuesta a Mario y a sus colegas. Mario era el creidillo de la panda y siempre buscaba la manera de fastidiar a Eduardo para que los demás supieran lo fuerte y listo que era él y lo patoso que era Eduardo.
Así, la apuesta consistía en descubrir el escondite de la escoba de la bruja. Según el resultado, el perdedor tendría que correr diez vueltas al patio y luego pedirle a Tania, la chica más guapa del colegio pero también la más dura de conquistar, que fuera con él a la fiesta de fin de curso. Así visto no parecía necesario ganar la apuesta; sin embargo, si ella se negaba a ir al baile con el perdedor, éste sería el hazmerreír del colegio y a nadie le gusta acabar así una apuesta. Por otro lado, al ganador le harían los deberes de lengua durante al menos un mes. Todos quedaron bastante satisfechos con las condiciones de la apuesta, excepto el propio Eduardo que, a pesar de estar convencido de que la seño Margarita no utilizaba el transporte público, no tenía nada claro la equidad de las condiciones de la apuesta.
Mario era el capitán del equipo de fútbol y hacía mucho deporte; por lo que no le importaba correr diez vueltas al patio y además, para disgusto de Eduardo, Mario era un guaperas y tenía a todas las chicas detrás de él.
Todo esto le preocupaba mucho a Eduardo. Tanto que le costaba dormirse por las noches.
Así que, cuando llegó el día de la apuesta Eduardo se preparó una escenita que a mí me habría convencido, desde luego. Antes de que llegara su madre a la habitación para despertarle como era su costumbre para no llegar tarde al colegio, cogió el termómetro de su mesilla de noche y lo puso al lado de la lamparita durante un minuto. Cuando creyó que el mercurio estaba a punto de evaporarse se lo metió en la boca, como en las películas, y empezó a toser hasta que se puso como un tomate.
Cuando la señora Rosi, su madre, conocida en el barrio como “la Rosi del cuarto c, la hija de Maruja, sí ésa ésa misma”, abrió la puerta del dormitorio y se encontró a Eduardo en aquel estado, le entraron unas ganas locas de reír. Aquello desconcertó a Eduardo que puso a trabajar a sus neuronas haciendo gala de toda su teatralidad y verborrea. Le dijo a su madre entre toses y moqueo que se encontraba realmente mal y que no podría ir a la escuela al menos en una semana. Su madre, que no tenía ni un pelo de tonta como les suele pasar a todas las madres, le dijo que ni hablar, que se encontraba como una rosa y que dejara de inventarse patrañas.
Así que como podéis suponer, Eduardo tuvo que desperezarse y armarse de todo el valor que tuviera para hacer frente a la apuesta.
Después de la clase de Conocimiento del Medio Eduardo y Manuel salieron ansiosos en cuanto sonó el timbre y aprovecharon la salida en tropel de sus compañeros para ir a hurtadillas a la parte trasera del colegio. Mario y Toño los seguían para cerciorarse de que cumplían con lo pactado. Si la escoba estaba allí, Eduardo se proclamaría ganador de la apuesta y Mario tendría que tragarse su orgullo, correr diez vueltas al patio y pedirle a Tania lo que nadie se había atrevido a pedirle.
A Eduardo y Manuel casi se les salía el corazón de su sitio de la tensión. Sabían a qué se tendrían que enfrentar si no conseguían probar que la seño Margarita venía a la escuela en escoba y a ninguno le hacía ninguna gracia. Pero estaban tan convencidos…
Al llegar a la parte trasera del colegio, se les cayó el alma a los pies pues no vieron ninguna escoba. Buscaron y buscaron pero no hubo manera. Pensaron que quizá la seño Margarita la había escondido con un hechizo de invisibilidad o algo así. ¡Qué fantasiosos! Tendrían que dejar de ver tantas películas.
Eduardo y Manuel podían oír las risillas de Mario y Toño que pensaban deleitados en que ya no tendrían que pensar en los deberes de Lengua durante un mes y en que podrían tirarse tardes enteras jugando al baloncesto y quién sabe si haciendo alguna trastadilla que otra.
Eduardo ya estaba a punto de retirarse desesperanzado y jurando y perjurando que no volvería a apostar cosas así cuando entre la enredadera vio sobresalir lo que parecía el palo de una vieja escoba… Eduardo pegó un codazo a Manuel pero éste estaba demasiado cansado de las fantasías de su amigo, como para hacerle caso. Mario y Toño ya se habían ido al patio con sonrisas triunfales dibujadas en la cara y Manuel les pisaba los talones con aire abatido, con ganas de que se lo tragara la tierra. Una vez más las fantasiosas suposiciones de su amigo Eduardo fallaban y eso iría en contra de los dos. Quizá Mario le obligara también a él a pagar la apuesta haciéndoles los deberes a los chuletas de la clase. Siempre era el pringado de turno y se llevaba la peor parte. Al fin y al cabo Eduardo era popular. Por eso mismo, a partir de aquel momento dejaría de pensar en esas estúpidas apuestas y quién sabe si quizá se tomara un tiempo en su amistad con Eduardo. No le haría daño a nadie. Y cuando Eduardo se volviera tan realista y formal como él entonces volverían a ser amigos. ¿Pero dónde había vuelto a meterse Eduardo? Qué más daba. Seguramente seguiría viendo palos de escoba en la parte trasera del colegio, pero Manuel no le seguiría la corriente. Esta vez no.
Mientras tanto, Eduardo seguía, como su amigo Manuel intuía, buscando ese palo de escoba en concreto, el de la seño Margarita. Nuestro aventurero estaba convencido de haber visto realmente un palo de escoba asomando por entre la enredadera. Se acercó sigilosamente como si se tratara del nuevo James Bond, el agente secreto más famoso de todos los tiempos. Quizá algún día fuera como Bond. De hecho, disfrutaba enormemente imaginándose a sí mismo enfundado en una elegante gabardina y empuñando una pistola de calibre 23. A lo mejor eso llamaba la atención de Tania.., y quién sabe si también cautivaría a otras chicas. Se ponía nervioso pensando en eso pero era inevitable. No había tenido la oportunidad de hablar de chicas con su madre, que era seguramente la que más sabría del tema, pero sí le había comentado algo a su amigo Manuel. Pero había observado que éste no sentía el mismo interés que él por esos temas y le había llegado a decir que estaba creciendo. Eduardo al principio se mostró algo preocupado por el hecho de parecer estar cambiando a los ojos de sus amigos porque tiempo atrás se habían jurado permanecer para siempre como niños, al estilo de Peter Pan y los Niños Perdidos; pero en el fondo le gustaba la idea de hacerse mayor. El mundo de los adultos se le antojaba fascinante e intrincado y el misterio siempre le había atraído.
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