domingo, 18 de septiembre de 2011

Eduardo Tragapalabras. Capítulo 2. "¡Es una bruja!"

No sabía cuanto tiempo había pasado pensando en el futuro con la mirada fija en la enredadera; pero el zumbido de una avispa le hizo volver a la realidad y en seguida se dio cuenta de algo que le había pasado desapercibido hasta aquel momento.
La enredadera parecía trepar insinuantemente por la fachada y parecía llegar hasta el despacho de la señorita Margarita. ¿Acaso era casualidad? No, claro que no. Seguramente la seño Margarita la abría hecho aparecer ahí para poder bajar y subir sin ser vista. Además podía esconder tras ella a su querida escoba. Además la ventana estaba abierta y aquello era demasiada suerte. No podía dejar escapar una oportunidad como aquélla. Si de algo estaba seguro Eduardo era de que esa mujer era una bruja. Sí señor y se lo demostraría a todos. Todavía no había terminado la apuesta.
Así pues se dispuso a llegar al fondo de aquella cuestión. De la manera más silenciosa que pudo se deslizó hacia la enredadera. Con manos temblorosas apartó las hojas y suspiró al ver que su atrevimiento había recibido su recompensa. Allí estaba, casi encogida para que no la descubrieran, la escoba de la bruja. Se la llevaría a sus amigos para demostrarles que era verdad. Ganaría la apuesta. Pero, ¿qué pasaría después? Era cierto que la escoba ya se había descubierto, pero ¿qué pasaría con la seño Margarita? No podía irse de rositas. ¿Y si era una bruja despiadada que pretendía quedarse a solas con los niños y engordarles la barriga con suculentas historias fantásticas para luego comérselos como les pasó a los incautos Hansel y Gretel? Eduardo no podía permitir algo así. Por eso escalaría por la enredadera hasta el despacho de la seño Margarita y una vez allí registraría su escritorio en busca de algún libro de pócimas horribles con ojos de murciélago y colas de lagartija o quizá algún sombrero de punta como los de las brujas de mayor prestigio.
Sin tiempo que perder nuestro amigo se frotó las manos y luego se las lavó con un escupitajo para que pudieran adherirse mejor a la planta embrujada. Así empezó a escalar sin mirar abajo por si acaso le daba algún mareo. Ya le pasó cuando la semana pasada en gimnasia les hicieron escalar la cuerda y no quería que le ocurriera lo mismo; pues aún resonaban las carcajadas de sus compañeros en sus oídos y no le gustaba nada. Cuando vio la ventana del despacho tenía los mofletes tan colorados que le podrían haber confundido con un tomate y le pareció no tener la fuerza suficiente como para hacer un último esfuercillo. Sin embargo, sus ganas por resolver aquel intrigante caso le hicieron reunir todas sus fuerzas para lanzar la mano hacia el alféizar de la ventana. Resoplando logró asirse con las dos manos y tirando del resto de su cuerpo –nunca hubiera imaginado que pesara tanto- pudo adentrarse en la silenciosa y sin duda encantada estancia.
Apenas podía respirar pero sería incapaz de decir si era por el esfuerzo o por la agitación del momento. Se sentía un verdadero detective además de cazador de brujas. Si su padre le hubiera visto seguramente estaría muy orgulloso de él. Eduardo tenía un vago recuerdo de su padre, pues se murió cuando él era muy pequeñito; pero eso no hacía que le quisiera menos. Además, su madre siempre le decía cuánto les quería y lo bien que lo habían pasado el poco tiempo que estuvieron juntos. Solía contar muchas anécdotas acerca de cómo se conocieron cuando eran jóvenes y Eduardo no podía dejar de preguntarse si algún día él llegaría a enamorarse tanto de una chica.
Sin apartar esos pensamientos de su cabeza, empezó a revolver los cajones del escritorio de la seño con cuidado de volver a dejarlos como estaban.
Eduardo se habría convertido en un verdadero héroe además de cazador de brujas y este cuento habría llegado a su fin sin más emoción, si hubiese salido del despacho con aquel libro de tapas negras escondido bajo la camisa del uniforme. Pero para eso no le tendría que haber pillado la propia seño Margarita con las manos en la masa. Y es que para desgracia de Eduardo, cuando sintió el sospechoso brillo de aquel libro en el fondo del tercer cajón del escritorio se quedó encandilado y fue como quedar congelado en el tiempo. Nada alrededor parecía tener más sentido que aquel libro que parecía hipnotizarlo y cautivarlo para que abriera y leyera sus páginas prohibidas. Eduardo apenas podía dar crédito a su descubrimiento. Los ojos se le habían puesto como enormes platos soperos. A pesar de su estado de profunda conmoción pudo discernir, como si se tratase de un mensaje oculto, unas letras en la cubierta que sólo podían leerse si se inclinaba el libro un cierto ángulo haciendo que la luz del sol incidiera directamente sobre las letras. La boca de Eduardo se asemejó por un momento a la entrada del metro pues la había abierto desmesuradamente al leer en la cubierta del libro: Diario secreto de una bruja en la ciudad.
Podía haberse tratado de un libro cualquiera de ficción como aquellos que solía leer su madre sobre amas de casa en apuros y esas cosas pero Eduardo estaba seguro de que aquél era especial y realmente se trataba del diario secreto de una bruja en la ciudad.
Ansioso por leer más abrió el diario por la primera página pero sin previo aviso el diario comenzó a retorcerse en sus manos y como si se tratase de una alarma contra incendios, comenzó a chillar.
Eduardo, que parecía haber sido hechizado, poco a poco fue regresando a la realidad que el diario parecía haber absorbido por completo y, desesperado, trató de hacerlo callar ahogando aquel estruendo con su jersey pero no hubo manera.
Al chico empezaron a entrarle los nervios de verdad cuando oyó cientos de pasos moverse nerviosamente hacia la salida de incendios. ¿Habría fuego de verdad o sólo era el ruido que hacía el diario para despistar a todo el mundo? Enseguida supo la respuesta.
Cientos de voces en el patio le informaron de que todos los alumnos y profesores habían abandonado el colegio a la espera de que vinieran los bomberos para apagar el incendio y que sólo él quedaba en el edificio. ¿O no?
Unos tacones se apresuraban hacia el despacho en el que se encontraba Eduardo y éste cerró los ojos deseando que fuera la directora Mariángeles que iba a asegurarse de que no quedaba nadie encerrado en alguna clase. Eduardo sólo tenía unos segundos para actuar pues el eco de los pasos le llegaba cada vez con más sonoridad. Pensó rápidamente. Necesitaba un escondrijo ya. Entonces, como aparecido por arte de magia, vislumbró ante sus ojos un armario. Por fin había encontrado su salvación. Corrió hacia él como si su vida dependiera de ello dejando al diario atrás chillando como un loco y cerró la puerta del armario tras de sí como si estuviera en su propia habitación tratando de evitar que entrara el Hombre del Saco. Se apretujó como pudo entre montañitas de libros de lengua y diccionarios, cajas de pinturas y lápices, babys y otros objetos perdidos; y cruzando los dedos, conteniendo la respiración y sudando la gota gorda, Eduardo aguardó a que los tacones pisaran la suave moqueta que cubría el despacho de la seño Margarita.
Un escalofrío le recorrió la espina dorsal cuando alguien entró en el despacho. Mordiéndose los labios afinó el oído y oyó la aguda voz de la seño Margarita susurrar a su diario:
- Calla mi chiquitín. ¿Es que alguien ha querido leerte?
El diario como si de un niño se tratara respondió con un lamento a su propietaria.
- ¿Y dónde está ahora ese atrevido? –preguntó con la voz de madre preocupada que a cualquiera le hubiera puesto la carne de gallina. Si hubiera hablado con su voz de bruja hubiera dado menos miedo.
Eduardo supo que ése iba a ser su final. Ni siquiera podría darle a Mario en esa narizota suya con el diario de la bruja y ver cómo se le caía la cara de vergüenza cuando Tania le rechazase al saber que había sido un cobarde. Pero ahora eso no importaba. Iba a morir en el caldero. Lo sabía. Estaba condenado. Pero moriría como un auténtico héroe. Sin embargo, el héroe esperaría un poco más en el armario. A lo mejor el diario no le delataba. ¡Qué estúpido! ¿Cómo no le iba a delatar si le había despertado de su sueño de papel?
Eduardo cerró los ojos como no queriendo ver lo que vendría a continuación pero su agonía no duraría mucho.
La puerta del armario se abrió con enorme estruendo y la cara de la señorita Margarita, es decir, de la Bruja Margarita apareció como en una horrible pesadilla de la que uno se despierta con taquicardias. Eduardo decidió sacar al héroe que llevaba dentro y abriendo los ojos a la vez que saltaba fuera del armario gritó:
- ¡Ríndete bruja! Te he descubierto.
Una risa estridente salió de la boca de la ya no tan encantadora seño Margarita.
- ¿Y qué me vas a hacer pequeño gusano?
Justo cuando Eduardo pensaba que la bruja le echaría uno de sus malévolos hechizos las voces de sus compañeros volvieron a inundar los pasillos.
- FALSA ALARMAAAAAA
La bruja y el chico se miraron unos instantes antes de que entraran en tropel todos los niños y niñas que tenían Lengua a esa hora.
Con una sonrisa socarrona Eduardo se despidió lo más educadamente que supo de la profesora; pero ésta tampoco se le quedó atrás ya que le lanzó una mirada aterradora.
Al cerrar la puerta tras de sí, Eduardo no podía creer la suerte que había tenido y que ahora le daba la oportunidad de contárselo a Manuel y los demás. Corrió todo lo que pudo hasta llegar a su clase y el brillo triunfal de sus ojos se esfumó al comprobar que se le había adelantado. Magia negra. Allí, haciendo gala de su altanería, Eduardo se encontró a su nueva y peor enemiga. La seño Margarita, que parecía no haber roto un plato en su vida con aquellos ojillos llorosos y su sonrisa dulzona, hablaba muy preocupada con el profesor de música. El fragmento que logró captar Eduardo no le gustó ni un pelo.
- Es un chico muy listo y no quiero que se quede tan atrasado en mi clase –decía la bruja de manera muy convincente. Sin duda estaba hechizando al profesor. Bruja, no cabía duda. Bruja hasta los topes.
- Bueno, es cierto pero yo tampoco quiero que se atrase con la música. Para mí la música es tanto o más que el lenguaje. Es la lengua del alma –respondía apasionadamente el hombrecillo de gafas de media luna caídas sobre unos labios que apenas eran más gruesos que un espaguetti.
Eduardo pudo ver cómo la paciencia de la bruja empezaba a disiparse e incluso pudo observar cómo la verruga de la nariz empezaba a agrandar su tamaño casi imperceptiblemente. De pronto se sorprendió deseando que estuvieran hablando de otro alumno, pero no hubo tanta suerte.
- Mariano, iré a hablar con la directora si no me deja avanzar con Eduardo en la clase de Lengua –seria daba aún más miedo.
- ¿Y por qué no le hace venir en horas extraescolares si está tan interesada en sacarle adelante? –el profesor empezaba a estar fuera de sus casillas. Seguramente accedería a la insistencia de la profesora con tal de que le dejara seguir con su clase.
- Porque entonces estaría recibiendo un trato especial por mi parte y además se perdería sus, sin duda alguna, interesantísimos entrenamientos de judo. Ya sabe que es un crío muy activo y curioso…
Eduardo intentó comunicarse con el profesor pero éste parecía demasiado harto como para andar escuchando más tonterías que no hacían más que retrasarle su lección. Así que, como siendo testigo de su propia sentencia de muerte, Eduardo leyó los labios del profesor con una mueca de terror en los labios.
- De acuerdo Margarita. Haga lo que quiera con el chico pero déjeme dar mi clase, por el amor de Dios.
- Nooooooooooooooooooo. ¡Es una bruja! –gritó Eduardo sin importarle nada más que salvar su vida y la de todos los que se interpusieran en el camino de aquella mujer. Sin embargo, creo que te puedes hacer una idea de la cara que se le puso a don Mariano que no sabía donde meterse y a toda la clase que se le quedó mirando conteniendo las risas. Entre todas aquellas caras, que en ese momento eran de todo menos amistosas, Eduardo pudo ver la de Manuel que bajaba avergonzada por el comportamiento del que creía su valiente y atrevido amigo, que no había resultado ser tal sino un chiflado con ansias de popularidad aquel día. No recibir el apoyo de su mejor amigo le hundió la moral pero lograría un modo de hacerle ver que decía la verdad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario