- Sacaré este libro de aquí y se lo enseñaré a todo el mundo- se dijo para sus adentros y muy decidido alargó sus brazos para coger el libro.
Puede que no creas lo que pasó a continuación, pero te puedo asegurar que es totalmente verídico.
Nada más posar sus manos en las tapas del libro escarlata, Eduardo sintió una sacudida en su cuerpo y notó cómo algo le recorría la espina dorsal hasta llegar a su cerebro donde adquirió su mayor intensidad. Eduardo era consciente de que tenía los ojos fuertemente cerrados pero le desconcertó muchísimo el hecho de que en algún lugar de su mente se estaban proyectando unas imágenes como si de una película de terror se tratara. Vio cómo unas mujeres feas y gordas con largos vestidos y sombreros puntiagudos se apiñaban alrededor de un enorme caldero que humeaba, burbujeaba y… ¿Gritaba? Eduardo estiró el cuello para ver mejor –aunque tenía los ojos fuertemente cerrados- lo que estaban cocinando aquellas mujeres y la cara de asco que puso al ver a algunos de sus compañeros de clase agitando los brazos y gritando su nombre, fue de película (allí estaban su queridísimo aunque incrédulo mejor amigo Manuel, la guapísima pero dura de pelar Tania, el tímido Pepe, la charlatana Carolina e incluso los matones Mario y Toño). ¡Se los iban a zampar aquellas brujas despiadadas! Eduardo no podía contener por más tiempo aquella frustración y empezó a gritar. Con un esfuerzo enorme, se revolvió con todas sus fuerzas como si quisiera liberarse de una fuerte soga que le oprimía el cuello sin dejarle respirar. Cuando notó que la soga empezaba a aflojarse, Eduardo abrió los ojos y respiró algo más aliviado al comprender que no se había movido de aquella extraña habitación en las entrañas del colegio y que, por lo tanto, sus amigos tampoco estaban siendo devorados en aquel momento por aquellas brujas. Con extremo cuidado, y preparado para lo que pudiera pasar, el chico abrió el libro. Para su sorpresa una voz femenina y nada agradable pareció salir de esas páginas llenas de fórmulas y palabrejas. Decía algo así:
- Bienvenidas hermanas, al fin nuestros clanes han hallado la paz y la unión necesarias como para poder realizar juntas el conjuro que nos traerá la inmortalidad y la eterna juventud…
La destrucción de los niños humanos tan deseada por toda nuestra comunidad, está a punto de llegar. Y al fin conseguiremos todo aquello por lo que hemos estado luchando desde los inicios de nuestros tiempos…
Aquello ya era suficiente. Eduardo, con tremendos temblores, intentó cerrar el libro aunque éste parecía atraerle más y más con aquellas embaucadoras palabras a pesar de la voz quejumbrosa que las pronunciaba.
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