Con la oreja derecha colorada Eduardo llegó arrastrado por la “inocente seño Margarita” a su temido despacho. Ahora le parecía más aterrador que nunca y además era consciente de que en cualquier momento podría aparecer un murciélago o cualquier otro bicho mucho más terrorífico y llevárselo volando a la guarida de la bruja donde sin duda se lo comería o fabricaría con su esencia la tan ansiada pócima de la eterna juventud.
La bruja se puso frente a Eduardo y con su pastosa voz comenzó a hablar.
- Tenía entendido que a los alumnos les estaba terminantemente prohibido entrar en los despachos de los profesores. ¿Acaso ha habido un cambio en la estricta normativa? – los ojos de la bruja demostraban un brillo feroz y Eduardo estaba convencido de que en cualquier momento se lo comería. Sin embargo, Eduardo se había prometido a sí mismo enfrentarse a ella sin ningún miedo tal y como James Bond lo habría hecho. Aún así, le sorprendió que de su boca salieran las siguientes palabras:
- Tampoco sabíamos los alumnos que aceptaran como profesoras a malvadas brujas que se hacen pasar por tiernas maestras cuando, en realidad, lo que pretenden es comernos a todos – A Eduardo le hicieron eco aquellas palabras que había pronunciado con renovada confianza y suficiencia, como siempre que trataba de llevarse el pato en algún asunto.
La sonrisa que le dedicó la bruja era totalmente delatora pensó Eduardo, que volvió a proclamarse en silencio ganador absoluto de aquella apuesta.
- Bien Eduardo – ahí venía lo peor- veo que no me equivocaba contigo. Eres un muchacho demasiado listo. Sabía que me arriesgaba al dejarme ver por la ciudad y que podría topar con entrometidos como tú. Pero no me vas a delatar. No, si puedo impedirlo.
- Y ¿qué va a hacerme seño Margarita? – a lo mejor era mejor que se mantuviera calladito.
- Ya veremos. Pero por el momento me conformo con una redacción.
- ¡¿Una redacción?! -Eduardo no podía dar crédito a sus oídos.- ¿No va a sacarme los ojos o a cortarme la lengua?
- No me des ideas jovencito – la bruja contuvo la risa. –Por el momento estará bien con una redacción.
- ¿Y cuál será el tema: Las brujas en nuestro tiempo?
- No te pases, Eduardo. Me basta con que hagas una redacción sobre este libro.
El desgastado libro de tapas negras con el que había comenzado aquella pesadilla brilló lúgubremente en las tersas manos de la bruja. Una siniestra brisa los recorrió a maestra y alumno, cuado ésta abrió el diario por la primera página.
- Hoy leerás el primer capítulo. Y después podrás irte a clase. Mañana seguiremos con las clases de refuerzo de lengua – la bruja emitió una risita burlona que no le gustó nada a Eduardo.
- ¿Y cómo he de llamarla? – preguntó el chico inocentemente.
- Me conformo con que de momento te dirijas a mí como señorita Margarita.
- Ah, está bien saberlo ¿sabe? Es por si me preguntan por los pasillos.
- Dudo mucho que puedas decir algo.
Tras aquella enigmática respuesta la bruja se marchó dejando a Eduardo solo en el despacho con aquel diario aparentemente inerte en sus manos.
¿Cómo era posible que una bruja despiadada le mandara una simple redacción después de haber descubierto su secreto? Algo no encajaba y Eduardo no tardó en averiguar de qué se trataba.
El chico pensó en escapar y contarle a todo el mundo el secreto de la seño Margarita (qué raro se le hacía llamarla así) pero pensó que quizá la bruja tomara serias represalias contra él. Por eso se dispuso a hacer la redacción. Quizá si la mantenía contenta no hiciera nada malo. Ya tendría tiempo de decírselo a la directora Mariángeles.
Así que empezó a leer. En otras circunstancias habría sido toda una aventura pero en aquella situación de peligro inminente se veía desde otra perspectiva.
Diario secreto de una bruja en la ciudad.
15 de agosto de 2008
Receta de la eterna juventud:
• Agua abundante (cuatro litros) de la Fuente Eterna de la Isla Prohibida.
• 2 Alas de murciélago.
• 1 Asta de ciervo.
• Medio kilo de escamas de dragón dorado.
• Media docena de ojos de serpiente.
• 1 Ala de grifo.
• Una pata de palo.
• Una moneda de oro.
• Cuarto de litro de sangre de niño humano. Preferiblemente comprendido entre nueve y doce años. A poder ser pelirrojo, pecoso y de nombre Eduardo. Según los últimos estudios éstos ejemplares son los más jugosos.
Al niño se le puso la carne de gallina y la sangre que corría por sus venas parecía haberse congelado de repente. ¿Así que era eso lo que tramaba? De alguna manera la bruja Margarita lo había embrujado para que Eduardo llegara hasta ella y así poder utilizar su sangre poco a poco para conseguir su tan deseada pócima de la Eterna Juventud.
Pues no lo conseguiría, pensó Eduardo, que puso a trabajar su cerebro para destrozar los malvados planes de la “seño”.
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