domingo, 18 de septiembre de 2011

Eduardo Tragapalabras. Capítulo 1. "Simplemente Eduardo"

Eduardo es un niño normal como tú o incluso más normal que tú si me apuras. Tiene nueve años, es pecoso y tiene una mata de pelo pelirrojo que siempre lleva despeinado aunque su madre le obligue a repeinárselo hacia atrás. En el autobús siempre aprovecha para darle un toque personal porque le ha oído a su amigo Manuel que así es como les gusta a las chicas. Y la verdad es que Manuel tenía razón, porque Tania no había dejado de mirarle en clase, e incluso había pillado alguna vez a Carolina y a Marta mirándole a hurtadillas… Sin embargo, el éxito que Eduardo se creía tener no era por su pelo. Es más, ni siquiera tenía que ver con su cabeza; porque después de clase, Manuel le dijo algo avergonzado que el foco de atención de la clase era el chicle rosa chillón que tenía pegado en la espalda. ¡Con razón todos se reían tanto!
Aún con todo, Eduardo se sentía el más chulo de la clase.., ¡y del colegio! Incluso en su casa se sentía el rey del mambo. Todos le adoraban y era el ojito derecho de su abuela. De hecho, cuando estaba con la yaya, ésta le decía que tenía un don: hablar por los codos. A Eduardo eso nunca le había parecido un don pero si se miraba bien era verdad que sabía hablar de todos los temas que le pidieran y casi siempre lograba encandilar a los que le escuchaban. Además las notas no le iban nada mal; pero tenía un verdadero problema con gimnasia y sobre todo con la asignatura de lengua. La señorita Margarita era muy maja cuando les leía historias fantásticas los viernes pero el resto de la semana era una verdadera bruja. Además si se la miraba bien se podía ver una verruga en la punta de la nariz. ¡Sólo le faltaba la escoba! Eduardo y Manuel estaban seguros de que la aparcaba en la parte trasera del colegio; pero el resto de la pandilla no lo tenía tan claro; así que se emplearon a fondo para ganarles la apuesta a Mario y a sus colegas. Mario era el creidillo de la panda y siempre buscaba la manera de fastidiar a Eduardo para que los demás supieran lo fuerte y listo que era él y lo patoso que era Eduardo.
Así, la apuesta consistía en descubrir el escondite de la escoba de la bruja. Según el resultado, el perdedor tendría que correr diez vueltas al patio y luego pedirle a Tania, la chica más guapa del colegio pero también la más dura de conquistar, que fuera con él a la fiesta de fin de curso. Así visto no parecía necesario ganar la apuesta; sin embargo, si ella se negaba a ir al baile con el perdedor, éste sería el hazmerreír del colegio y a nadie le gusta acabar así una apuesta. Por otro lado, al ganador le harían los deberes de lengua durante al menos un mes. Todos quedaron bastante satisfechos con las condiciones de la apuesta, excepto el propio Eduardo que, a pesar de estar convencido de que la seño Margarita no utilizaba el transporte público, no tenía nada claro la equidad de las condiciones de la apuesta.
Mario era el capitán del equipo de fútbol y hacía mucho deporte; por lo que no le importaba correr diez vueltas al patio y además, para disgusto de Eduardo, Mario era un guaperas y tenía a todas las chicas detrás de él.
Todo esto le preocupaba mucho a Eduardo. Tanto que le costaba dormirse por las noches.
Así que, cuando llegó el día de la apuesta Eduardo se preparó una escenita que a mí me habría convencido, desde luego. Antes de que llegara su madre a la habitación para despertarle como era su costumbre para no llegar tarde al colegio, cogió el termómetro de su mesilla de noche y lo puso al lado de la lamparita durante un minuto. Cuando creyó que el mercurio estaba a punto de evaporarse se lo metió en la boca, como en las películas, y empezó a toser hasta que se puso como un tomate.
Cuando la señora Rosi, su madre, conocida en el barrio como “la Rosi del cuarto c, la hija de Maruja, sí ésa ésa misma”, abrió la puerta del dormitorio y se encontró a Eduardo en aquel estado, le entraron unas ganas locas de reír. Aquello desconcertó a Eduardo que puso a trabajar a sus neuronas haciendo gala de toda su teatralidad y verborrea. Le dijo a su madre entre toses y moqueo que se encontraba realmente mal y que no podría ir a la escuela al menos en una semana. Su madre, que no tenía ni un pelo de tonta como les suele pasar a todas las madres, le dijo que ni hablar, que se encontraba como una rosa y que dejara de inventarse patrañas.
Así que como podéis suponer, Eduardo tuvo que desperezarse y armarse de todo el valor que tuviera para hacer frente a la apuesta.
Después de la clase de Conocimiento del Medio Eduardo y Manuel salieron ansiosos en cuanto sonó el timbre y aprovecharon la salida en tropel de sus compañeros para ir a hurtadillas a la parte trasera del colegio. Mario y Toño los seguían para cerciorarse de que cumplían con lo pactado. Si la escoba estaba allí, Eduardo se proclamaría ganador de la apuesta y Mario tendría que tragarse su orgullo, correr diez vueltas al patio y pedirle a Tania lo que nadie se había atrevido a pedirle.
A Eduardo y Manuel casi se les salía el corazón de su sitio de la tensión. Sabían a qué se tendrían que enfrentar si no conseguían probar que la seño Margarita venía a la escuela en escoba y a ninguno le hacía ninguna gracia. Pero estaban tan convencidos…
Al llegar a la parte trasera del colegio, se les cayó el alma a los pies pues no vieron ninguna escoba. Buscaron y buscaron pero no hubo manera. Pensaron que quizá la seño Margarita la había escondido con un hechizo de invisibilidad o algo así. ¡Qué fantasiosos! Tendrían que dejar de ver tantas películas.
Eduardo y Manuel podían oír las risillas de Mario y Toño que pensaban deleitados en que ya no tendrían que pensar en los deberes de Lengua durante un mes y en que podrían tirarse tardes enteras jugando al baloncesto y quién sabe si haciendo alguna trastadilla que otra.
Eduardo ya estaba a punto de retirarse desesperanzado y jurando y perjurando que no volvería a apostar cosas así cuando entre la enredadera vio sobresalir lo que parecía el palo de una vieja escoba… Eduardo pegó un codazo a Manuel pero éste estaba demasiado cansado de las fantasías de su amigo, como para hacerle caso. Mario y Toño ya se habían ido al patio con sonrisas triunfales dibujadas en la cara y Manuel les pisaba los talones con aire abatido, con ganas de que se lo tragara la tierra. Una vez más las fantasiosas suposiciones de su amigo Eduardo fallaban y eso iría en contra de los dos. Quizá Mario le obligara también a él a pagar la apuesta haciéndoles los deberes a los chuletas de la clase. Siempre era el pringado de turno y se llevaba la peor parte. Al fin y al cabo Eduardo era popular. Por eso mismo, a partir de aquel momento dejaría de pensar en esas estúpidas apuestas y quién sabe si quizá se tomara un tiempo en su amistad con Eduardo. No le haría daño a nadie. Y cuando Eduardo se volviera tan realista y formal como él entonces volverían a ser amigos. ¿Pero dónde había vuelto a meterse Eduardo? Qué más daba. Seguramente seguiría viendo palos de escoba en la parte trasera del colegio, pero Manuel no le seguiría la corriente. Esta vez no.
Mientras tanto, Eduardo seguía, como su amigo Manuel intuía, buscando ese palo de escoba en concreto, el de la seño Margarita. Nuestro aventurero estaba convencido de haber visto realmente un palo de escoba asomando por entre la enredadera. Se acercó sigilosamente como si se tratara del nuevo James Bond, el agente secreto más famoso de todos los tiempos. Quizá algún día fuera como Bond. De hecho, disfrutaba enormemente imaginándose a sí mismo enfundado en una elegante gabardina y empuñando una pistola de calibre 23. A lo mejor eso llamaba la atención de Tania.., y quién sabe si también cautivaría a otras chicas. Se ponía nervioso pensando en eso pero era inevitable. No había tenido la oportunidad de hablar de chicas con su madre, que era seguramente la que más sabría del tema, pero sí le había comentado algo a su amigo Manuel. Pero había observado que éste no sentía el mismo interés que él por esos temas y le había llegado a decir que estaba creciendo. Eduardo al principio se mostró algo preocupado por el hecho de parecer estar cambiando a los ojos de sus amigos porque tiempo atrás se habían jurado permanecer para siempre como niños, al estilo de Peter Pan y los Niños Perdidos; pero en el fondo le gustaba la idea de hacerse mayor. El mundo de los adultos se le antojaba fascinante e intrincado y el misterio siempre le había atraído.

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