domingo, 18 de septiembre de 2011

Eduardo Tragapalabras. Capítulo 6. "¡El libro!"

Esa misma noche, Eduardo no era el único que no podía pegar ojo por su encuentro con la bruja… Algo, agitaba las ramas de los árboles y no era la suave brisa de verano. De repente, el tranquilo cielo se vio surcado por cinco escobas. El Clan del Libro se acercaba a la ciudad.
- ¡¡¡Ya veo algo hermanas!!!- dijo la más gorda de las cinco brujas.
- Muy bien, Brunilda. Definitivamente eres la que se orienta mejor del grupo. Por eso te daremos el honor de ascender a rango de Brújula. ¡Ja, ja, ja, ja!
Las demás brujas se unieron a las risas y la pobre Brunilda no tuvo más remedio que aceptar aquella broma.
- Reíros todo lo que queráis. Esta vez no vais a lograr que me enfade. No, nunca más. Cada vez que me enfado me sale una nueva verruga y no lo puedo permitir.
- Bien, por ti, pero así no lograrás asustar tanto como nosotras.
- Dejadme en paz. Yo doy más miedo que todas vosotras juntas.
- No nos hagas reír y dirígete hacia esa colina de allí. Es un buen sitio para acampar. Mañana iremos en busca del Libro.

A la mañana siguiente, Eduardo no tenía muy buena cara pues no había sido capaz de dormir ni dos horas seguidas. Cuando su mamá fue a despertarlo casi se cayó del susto por ver a su hijo con esa cara; pero aún se asustó más al ver cómo Eduardo se ponía rápidamente la ropa como si nada y se apresurara a salir de casa sin siquiera desayunar.
- No puedo perder tiempo mamá. Tengo un asunto urgente que arreglar.
Los ojos de la Rosi, la Rosi del cuarto c, la hija de Maruja, sí ésa ésa misma, se abrieron como platos ante la disposición de su hijo de ir al colegio y tras un buen rato de sobreposición al shock se fue a meterle en la mochila a su hijo al menos un buen desayuno para el camino; porque sabía que Eduardo tenía que hacer un buen desayuno si quería estar atento en todas las clases. Además, entre tú y yo, a Eduardo le sería mucho más fácil combatir a la bruja Margarita si iba bien comido porque así podría pensar más rápido.
Eduardo entró como un vendaval en el autobús esperando poder hablar con su amigo Manuel. Barrió con su mirada los asientos y se llevó un buen susto al ver allí sentada e impasible a la impostora, la bruja Margarita. Se tomó su tiempo para dedicarle una mirada de desprecio y ésta se la devolvió con un amago de sonrisa de suficiencia en la cara. Entonces el chico olvidó cuál era su propósito de hablar con Manu y se buscó el asiento más alejado de la bruja para evitar que ésta le leyera el pensamiento por contacto visual. Se pasó todo el trayecto (una media hora) pensando y trazando planes. Todos le parecieron absurdos y llegó un momento en el que le parecía que le fuera a estallar la cabeza. Sin embargo, no te asustes, porque a nuestro protagonista no le estalló la cabeza ni tampoco sufrió ningún ataque por parte de la bruja.
Cuando llegaron al colegio, Eduardo y sus compañeros se dirigieron a sus respectivas clases. Eduardo vigiló a la bruja pero ésta no pareció estar preocupada por que a Eduardo se le fuera la lengua, es más, se encaminaba altiva hacia su despacho, saludando ocasionalmente a algún otro profesor. ¿Por qué nadie quería ver que era una bruja? Y lo que era peor, ¿por qué él no era capaz de articular palabra cuando se refería a ese tema? Bueno, ya solucionaría ese tema más tarde. Ahora lo importante era mantener bien vigilada a la bruja.
Eduardo se sentó con aire pensativo en su pupitre y se dispuso a seguir con su nuevo plan. Haría como que no pasa nada y durante el recreo bajaría a la biblioteca e intentaría documentarse sobre las brujas y cómo poder eliminarlas. Quizá no se necesitara más de una persona para acabar con la bruja Margarita.
Así que sacó sus libros y siguió las explicaciones mucho más atento de lo habitual, aunque también con más ganas que nunca de que llegara el recreo para quedarse solo.
El tiempo parecía transcurrir más lento de lo normal y las agujas del reloj de la clase renqueaban entre movimiento y movimiento. Eduardo trató de no perder los nervios, a pesar de que le estaba resultando muy difícil no morderse las uñas.
Después de una eterna eternidad, la alarma dio la bienvenida al recreo. Los niños apenas podían contener la emoción ante tal evento y salieron en tropel provocando un atasco en la puerta de la clase.
Eduardo aprovechó la oportunidad para dirigirse en dirección contraria a la del patio, hacia la biblioteca. En otras condiciones le habría mosqueado bastante el hecho de que Manuel ni siquiera le hubiera dirigido una mirada cómplice cuando al profesor se le había movido la dentadura postiza en un estornudo monumental, pero tenía la cabeza tan llena de posibles maneras de delatar a la bruja que ni siquiera le dio importancia.
Corrió por los pasillos y bajó las escaleras hasta toparse con la puerta de la biblioteca. Ninguno de sus amigos había bajado allí nunca, pero él sí. Y no era porque los libros le atrajeran demasiado (ya sabes que a Eduardo le gustaba mucho más eso de ser como James Bond, el detective más famoso), sino porque un día en una de sus expediciones por el colegio se encontró con aquel sitio tan abrumadora silenciosa y sobre todo con la guapa bibliotecaria que custodiaba aquellos tesoros. Eduardo pensaba que después de Tania, era la chica más guapa del colegio, incluso más que Carolina que había descendido al puesto número tres. Además, Eduardo había aprovechado alguna ocasión para hablar con ella y para su sorpresa, había averiguado que a ella también le gustaba James Bond, el detective más famoso. ¡Pues claro! ¿Cómo se le había podido escapar aquello? Rosana, la bibliotecaria detective. Quizá ella sí le creyera. Sí. Definitivamente se lo contaría a ella. Pero..., ¿y si lo tomaba como una de sus fantasías y no le hacía caso? No. Rosana era especial y seguramente le ayudaría a resolverlo, pero antes iría a por información. Buscaría entre los libros algo que le ayudara, algo que le aclarara las ideas.
Abrió decididamente la puerta de la biblioteca y allí la vislumbró, detrás de una montaña de libros. Llevaba una falda de flores con mucho vuelo que dejaba al descubierto sus piernas infinitas y una chaquetilla de algodón. Eduardo se la imaginó bailando en el jardín de su tía Teresa con el pelo alborotado y cuando quiso darse cuenta se sorprendió por notar calor en los mofletes. Para evitar que Rosana sacara conclusiones equivocadas, se escabulló entre las numerosas estanterías y los grupos de estudiantes que se apiñaban en torno a un libro en especial del que les tocaba hacer el trabajo. Cuando Eduardo llegó a lugar seguro, lo bastante lejos de las miradas ajenas como para tomarse un respiro, se apoyó contra una vieja y fea estatua de un duende leyendo –obsequio para el equipo de lectura del colegio por haber superado el récord de 1000 libros en un trimestre-. De repente, la habitación cambió por completo y nuestro Eduardo se encontró envuelto en la oscuridad más absoluta. Poco a poco sus ojos se fueron acostumbrando a las sombras aunque también ayudaba el hecho de que una serie de candelabros se fue encendiendo por arte de magia iluminando lo que parecía una sala circular de modestas dimensiones y decorada de una manera muy extraña. Eduardo no quería pasar nada por alto y aunque notaba una sensación extraña en la boca del estómago que no tenía nada que ver con que hacía unas cuantas horas que no probaba bocado, abrió los ojos como platos para guardar en su memoria aquella aventura. Además, para su futuro trabajo de espía-aventurero le vendría bien apuntar algo así en su currículo. Eduardo no dejó de mirar a su alrededor y sintió un escalofrío al ver las numerosas telarañas que caían de las paredes, además de los calderos de diversos tamaños que se apilaban en un rincón junto a las escobas que reposaban contra la negruzca pared. Pero lo que más le llamó la atención se encontraba en el centro de la sala. Un impresionante atril bañado en oro sostenía el inmensurable peso de un libro enorme que seguramente, pensó Eduardo, necesitaba más de dos personas para poder abrirlo por la primera página. El chico entrecerró los ojos para evitar que el resplandor que parecía provenir del libraco le hiriera la retina; pero no los cerró del todo porque había algo en aquel objeto que le cautivaba y le obligaba a seguir mirando. Eduardo alargó el cuello para ver algo mejor, pero al cerciorarse de que estaba solo en aquella habitación, decidió acercarse al atril de oro. Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para advertir todos y cada uno de los detalles de la cubierta del libro, su corazón se desbocó y empezó a respirar entrecortadamente. Aquél no era un libro cualquiera. Escondía un secreto y Eduardo, que como sabes no era tonto, ya había unido las ideas que bullían en su cabeza para llegar a la acertada conclusión de que todo eso tenía que ver con la bruja Margarita. Pero ¿cómo podía delatarla sin parecer un loco? ¡Pues claro!, pensó Eduardo, ¡El libro!

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