Nuestro protagonista consideró en más de una ocasión salir corriendo del despacho de la bruja y contárselo directamente a la directora. Pero ¡qué sorpresa se iba a llevar si descubriese que la directora también era una bruja!
A pesar de todo, trató de convencerse de que aquella extraña sensación que le inundaba el estómago no era miedo y de que tenía que hacer todo lo posible por mantener la calma. Aquel diario seguía pegado a sus manos algo temblorosas y cuando los ojos de Eduardo se paraban, un grito de advertencia le obligaba a seguir leyendo. Así que como te puedes imaginar, apenas podía pararse a reflexionar sobre cómo salir de aquel embrollo. Además a medida que leía Eduardo notaba cómo su lengua se replegaba en el paladar como si se tratase de una persiana. Pensó que sería síntoma típico de los nervios que se apoderaban de él poco a poco y en contra de su voluntad. ¿Cómo saldría de aquélla?
De repente, la bruja entró en el despacho y al ver a Eduardo tan inmerso en la lectura, una sonrisa maligna se dibujó en su cara. La verruga había alcanzado un tamaño algo preocupante.
- Creo que ya está bien por hoy. Mañana aquí a la misma hora. Y no se te ocurra perderte tu clase de refuerzo de Lengua porque sabré donde estás.
Tras aquellas palabras de la bruja, el diario pareció dejar de ejercer su atracción sobre Eduardo que, algo más pálido de lo normal, levantó sus ojos hacia la farsante. Algo parecía no encajar y el olor a chamusquina empezaba a transformarse en denso humo de barbacoa. Se levantó tratando de disimular su desconcierto y sin dejar de mirar a la bruja se apresuró a salir de la estancia. En cuanto dejó atrás la puerta y perdió de vista a la bruja, echó a correr como no había corrido en toda su vida. ¡Ay si le viera don Ramón, el profe de gimnasia!
Cuando llegó a su clase totalmente exhausto, abrió la puerta de un portazo y no le importó que sus compañeros y el profesor de matemáticas volvieran a mirarle como si estuviesen viendo a un camaleón vestido de payaso. ¡Sus vidas corrían un serio peligro! Y él no se iba a quedar de brazos cruzados.
- Señor- empezó, la voz le temblaba y le costaba trabajo conseguir que su lengua se moviera obedeciendo a su voluntad- tengo que decirle algo muy importante. Mmmmmm. Lo que quiero decir es que la seño Margarita no mmmmmmmm.
Definitivamente su lengua había decidido no hacer su trabajo. Pero Eduardo siguió intentando contar lo que había presenciado.
- La seño Mar mmmmmmm.
- Pero, ¿qué te pasa Eduardo? ¿Es que te ha comido la lengua el gato?
El chico trató de desenredar la lengua pero ésta seguía en su sitio.
- ¿Qué te pasa? ¿Acaso te has tragado las palabras?
- No, no es que mmmmmmm.
- Venga Eduardo, siéntate en tu sitio que hoy no estoy para bromas -el profesor estaba empezando a perder la poca paciencia que le quedaba.
- Pero señor…
- No quiero oír más tonterías o te tendré que castigar copiando mil o quizá dos mil veces la frase: “Como vuelva a interrumpir la clase de matemáticas me va a caer un buen castigo”.
Con los carrillos encendidos por la indignación Eduardo se retiró a su pupitre; pero para nada se dio por vencido. Si algo le sobraba era la testarudez. Si a Eduardo se le metía algo en la cabeza luchaba por ello hasta su último aliento. Sin embargo, con el profe de mates era realmente complicado entenderse. Si hubiera un fuego desde luego, él sería el último en salir de la habitación. Eduardo no podía dar crédito, ¿cómo podía ser una persona tan incrédula? Quizá era porque las matemáticas le habían llenado la cabeza únicamente de números y no tenía sitio para las aventuras. Desde aquel momento Eduardo se juró no volcarse demasiado en las matemáticas porque podría acabar como el profesor. O quizá, siguió pensando Eduardo, era porque era un adulto y todos sabemos que en la cabeza de un adulto casi todo son preocupaciones.
Mientras el profesor explicaba las figuras geométricas o no sé qué, Eduardo buscaba en el interior de su cabeza intentando encontrar el modo de decirle por lo menos a su amigo Manuel lo que le había pasado. Quizá él sí le comprendería y le ayudaría a poner a salvo a todos los niños. Como si se le hubiera encendido una bombillita pensó en el invento más grande de todos como les habían contado en Historia: la escritura. Y por eso, sin tiempo que perder, arrancó una hoja de su cuaderno intentando que el profesor no se diera cuenta (para ello sufrió un repentino ataque de tos), y se puso a escribir. ¿Pero qué tenía que poner para que su amigo no le tomara por un chiflado? La verdad es que no se le ocurría nada que pudiera lograr que su amigo volviera a confiar en él. Pero tenía que intentarlo:
La he encontrado.
Sí, con eso bastaría. No podía arriesgarse a que le pillaran. Por suerte, su mejor amigo no estaba muy lejos de donde nuestro héroe se encontraba. La nota podría llegarle si los demás colaboraban. En un descuido del maestro, Eduardo se agachó para recoger el lápiz que afortunadamente se le había caído, y de paso con un pequeño siseo logró captar la atención de Cristina, la chica más lista de la clase. Ésta le miró algo desconcertada y con un resoplido cogió la nota y leyó los labios de Eduardo: a Manu. La chica obedeció rápidamente para poder volver enseguida a la explicación del trapecio. Varias veces Eduardo temió que la nota no llegara a su destinatario. Las gotas de sudor que le bajaban por la frente habían alcanzado ya un tamaño considerable y es que el profesor había empezado a sospechar y se había puesto a dar la explicación paseándose por la clase. Sin embargo, a pesar de las taquicardias, Eduardo vio con ansiedad cómo su amigo tardaba en reaccionar ante la misiva. Eduardo ya estaba preparado para tratar de comunicarse con su querido amigo por señas (tal y como habían aprendido hacía unos años); pero para sorpresa de Eduardo, Manu tiro la nota al suelo y siguió atento a la explicación. Eduardo no daba crédito, estaba disgustado con su amigo. Recordó el día en que se habían jurado amistad eterna y le invadió una sensación de vacío que hizo que le rugieran las tripas y el corazón. Nunca había imaginado que su amigo le defraudaría de aquel modo. Se habían dicho: “en los buenos y malos tiempos”. Pero al parecer, su amigo lo había olvidado. Aquello le hizo sentirse muy triste y muy solo; pero tras un momento de reflexión decidió que seguiría adelante con ayuda o sin ella.
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